Los Goya 2011: ¿Iba de cine, no?

Álex de la Iglesia, durante su discurso (Sergio Pérez/Reuters)

No nos engañemos, las ceremonias cinematográficas -excluyendo los Oscar quizá-, más allá del gremio no interesan a demasiada gente no-cinéfila, y esto dicho independientemente de las tasas de audiencia más que respetables que se recogen y que son ciertamente comprensibles en virtud de una serie de factores variados como el carácter extraordinario del evento o el saber hacer de su presentador. Pero más allá de intrascendentes valoraciones de esta índole lo que sin duda cabe decir es que la gala de anoche tenía un saborcito diferente capaz de atraer incluso a los más reacios o distanciados entre los que me sitúo.

Ayer no se trataba tanto de ver quién ganaba qué (o cuánto) sino de ver adónde conducía la hasta el momento valiente toma de posición del cineasta Álex de la Iglesia en contra de la Ley Sinde y, simbólicamente, de la Ministra de cuyo nombre no quiero acordarme pero que ya ha sido mencionado en este mismo párrafo. Y a este respecto, la noche no podía haber sido más interesante e igual de pacífica simultáneamente.

Rojo envuelto por negro. Tal era el panorama en el exterior del edificio, donde la alfombra por la cual transitaron los invitados a la gala estaba enmarcada por cientos de ciudadanos pertrechados de máscaras de Guy Fawkes y de su voluntad de protesta ante una industria cinematográfica que, a sus ojos, se había tornado indistinguible de la clase política que, supuestamente, la defiende: una jet set distante, indiferente e hipócrita que ha olvidado quién le da sustento y legitimidad.

En este asunto el consenso es total: las Voces Anónimas se hicieron oír a coro y por todo lo alto y no encontraron resistencia, inundando el ambiente de cánticos en cientos de metros a la redonda. La inmensa mayoría fueron sílabas de protesta, rechazo y repulsa, pero estas se detuvieron para dejar paso a un aplauso generalizado al paso del único hombre con valor de representarles: el ya citado Álex de la Iglesia. Luego regresó el canto.

Mientras las masas se acumulaban fuera, los grandes tomaban asiento en el interior de la sala, que seguramente debía parecerles cargada de electricidad estática. En las imágenes que llegaron de mano de RTVE se percibe claramente la tensión, pero una tensión atípica, ajena al simple nerviosismo de una entrega de premios. Ni siquiera el agudo Andreu Buenafuente consiguió descrispar algunas caras como las de la vicepresidenta de la Academia Icíar Bollain o Leire Pajín a pesar de su excelente prestación, no obstante las risas fueron mayoritarias sin duda.

En este ambiente algo curioso sin duda se presenciaba: la férrea determinación del entonces Presidente de la Academia de Cine, decidido a no ceder ante la astucia de la Ministra Sinde, quién buscó en no pocas ocasiones una sonrisa o mirada que cruzar  que denotara complicidad entre ambos: no tuvo éxito. A pesar de ello la titular de Cultura mantuvo un ademán sonriente, incluso tras el discurso del primero, pretendiendo quizás que no oía, no comprendía, o no le importaba.

Y precisamente este discurso fue la cima de la velada. Un discurso asentado, sereno, pero no menos crítico y firme, y Twitter rugió de orgullo y aprobación: tenían voz en aquel lugar, ¡y qué voz!

No podemos olvidar lo más importante, el meollo del asunto. Somos parte de un Todo y no somos NADIE sin ese Todo. Una película no es película hasta que alguien se sienta delante y la ve. La esencia del cine se define por dos conceptos: una pantalla, y una gente que la disfruta. Sin público esto no tiene sentido. No podemos olvidar eso JAMÁS. […] Tenemos que pensar en nuestros derechos, por supuesto, pero no olvidar NUNCA nuestras OBLIGACIONES. Tenemos una RESPONSABILIDAD MORAL para con el público. No se nos puede olvidar algo esencial: hacemos cine porque los ciudadanos NOS PERMITEN hacerlo, y les debemos respeto, y agradecimiento.

Y con estas palabras lo harto olvidado volvía al primer plano. El público pasaba de su involuntariamente adquirido rol de remunerador así como de pirata (en según qué casos) a ser concebido, o vuelto a concebir, como condición indispensable, como motor para que aquellos que se autoproclaman creadores puedan precisamente ostentar dicha función. Quien hablaba en ese momento había comprendido que no es viable seguir un camino en el que una de las partes (creador y público) no están adecuadamente representadas.

Quizás esto no haya sido más que un momento de euforia y ensoñación, y que no veamos ningún resultado palpable en un futuro cercano (ni lejano). Que de la Iglesia se haya “apartado y nada más“, y que la historia siga su curso, pero una cosa ha quedado clara: sea cual sea la continuación de los acontecimientos, aquellos que en un principio fueron “cuatro gatos” manifestando su desagrado frente a una Ley Sinde en pañales, y que poco a poco fueron formando un colectivo de peso, hoy probablemente sientan que sus palabras y su dedicación no han caído en saco roto. Y si un apoyo público como el de ayer ha sido posible ¿quién se atrevería a decir que todo está perdido?


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