El efecto CSI

¡Nunca unas gafas de sol resolvieron tantos casos!

Volvemos a la criminología de manera distendida hoy para hablar de un fenómeno cuya existencia desconocía y que no ha podido sino provocarme divertida perplejidad. Un efecto que seguramente más de uno haya podido contemplar en su entorno más próximo o, incluso, en sus propias carnes y que es algo así como una fuerza pulsional que empuja a uno a comprarse unas gafas de sol, a aprenderse frases de aúpa que recitar al tiempo que se encaja las lentes sobre la nariz, y a comprarse un microscopio y una lámpara de luz ultravioleta. Incluso puede que haya notado el lector cómo términos extraños como rigor mortis, perimortem o modus operandi se hayan introducido subrepticiamente en su vocabulario. A estas alturas habrá entendido todo el mundo a qué me refiero: se trata del efecto CSI.

No pienso que le quepa duda a nadie del éxito atronador que han recogido las series policiacas desde la aparición hace unos años de los diferentes CSI’s, y la multitud de producciones posteriores que trataron de aprovechar el tirón o de innovar en el género, incluso ambas cosas a la vez. Hemos podido observar el auge del género hasta tal punto que hemos podido ver “réplicas” de los referentes americanos con el sello nacional, y no hay creo mejor signo de la salud de una determinada producción cinematográfica que el hecho de que otros países traten de crear sus copias (generalmente bastante descafeinadas). Así pues, hoy por hoy hay oferta para todos los gustos: CSI, Mentes Criminales, Bones, El Mentalista, Miénteme, o Castle son sólo algunos ejemplos, aunque el que más nos interesa es el primero, por ser el que transmite una temática más “forense”.

Ahora bien, cuando realmente se empieza a hablar propiamente de este efecto CSI es cuando se empieza a observar que las ficciones televisivas influyen en la realidad y, significativamente, en los tribunales. Esta influencia es aparentemente bastante notable en Estados Unidos, aunque de un efecto más limitado en nuestro país (por lo que a los tribunales se refiere) probablemente por la diferente forma de llevar los juicios y el papel relativamente marginal que tiene aquí el Tribunal del Jurado (jurado integrado por ciudadanos corrientes, o a la anglosajona, para que me entiendan). Parece ser que los integrantes del jurado popular vienen con una perspectiva diferente a como lo hacían anteriormente, vienen muchos de ellos con un Máster en CSI, es decir, en cierta medida con un “conocimiento” previo, lo que hace que muchos de los conceptos aportados por peritos varios ya no les sean tan extraños. Esto, que por una parte facilita la labor de los científicos en los tribunales, la complica también pues estos mismos jurados comienzan a pedir informes, pruebas y prácticas forenses de todo tipo, incluso las potencialmente irrelevantes e incluso “fantasiosas”. Por tanto, si anteriormente el discurso técnico debía ser desmenuzado para hacerse comprensible, ahora se ha vuelto prácticamente la piedra angular entorno a la que gira el proceso: una batalla de expertos para convencer al “ojo crítico” del ciudadano formado a base de horas en compañía de Grisom u Horatio.

Pero aparte de esta faz más bien curiosa y divertida del “efecto”, también parecen apreciarse otras consecuencias del éxito rotundo de la policía científica televisada, y este se encuentra en la mayor motivación de los jóvenes estudiantes en las disciplinas y carreras científicas (sin demérito para las de humanidades). Sin ir más lejos, probablemente un 25% de mis compañeros de Criminología probablemente vengan influenciados por este efecto CSI, aunque en algunos esta inspiración es más flagrante que en otros (curioso me resulta, por otro lado, que aquellos que me son más afines apenas si tienen idea de qué es “CSI: Miami”, lo que me ha valido un par de situaciones embarazosas a grito de “We Won´t Get Fooled Again”).

También en el ámbito del mundo educativo e investigador parece apreciarse cierta puesta en valor de las profesiones técnicas y forenses hasta la fecha algo ignoradas, olvidadas, o simplemente incomprendidas. Así, a decir de algunos, el protagonismo que han cobrado todas estas labores relacionadas con la investigación de la escena del crimen y la persecución “científica” de los delincuentes ha facilitado la labor a los verdaderos científicos e investigadores, que obtienen financiación para sus proyectos más fácilmente por parte de unas instituciones públicas mucho más interesadas.

Pero no todo iba a ser bueno desafortunadamente. El reverso de la moneda quizá radique en el hecho que los delincuentes también sigan probablemente (en todo caso parte de ellos) estas series que, si algo les han enseñado durante largos años es que, al menos, lleven guantes.


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