Adiós de momento, Ley Sinde.

 

Ilustración de Manel Fontdevila.

Como bien sabrás lector, durante estos últimos días ha habido mucho ajetreo en la Red, y un poquito en las calles al respecto de la llamada “Ley Sinde”, que materializó la pugna que lleva años activa entre la industria musical -sobre todo- y cultural contra los internautas, las páginas de enlaces y demás. Lo que, caricaturizado, enfrenta a la SGAE (y similares) contra Internet. Una pugna cuyos asaltos ha ganado hasta ahora mayoritariamente el segundo grupo, en todos los terrenos posibles y que se reafirma con la decisión tomada ayer en el Congreso.

Y es que la estrategia de incluir dentro de la Ley de Economía Sostenible la disposición destinada a permitir el cierre de webs sin que medie autorización judicial, para permitirle “pasar desapercibida” ha estado muy muy feo. David Bravo, más que célebre (aunque ni de lejos el único) en esta pugna ilustraba de forma sobradamente certera lo que ha ocurrido hasta ahora:

La industria del copyright movió un dedo y se enviaron cartas advirtiendo de acciones legales. Cuando las cartas se ignoraron, la industria movió un dedo y se interpusieron las acciones judiciales. Cuando los jueces resolvieron en favor de denunciados y demandados, la industria movió un dedo y se recurrieron las resoluciones. Cuando volvieron a perder en los juzgados, la industria movió un dedo y desaparecieron los jueces. – D.Bravo

Pues esa era la idea, y el Ejecutivo un cómplice de esta gran trama. Pero el tiro salió por la culata: la Ley Sinde fue rechazada y tendrá que ser propuesta de forma independiente, sin muchas probabilidades de éxito tal cual está formulada y visto cómo está el patio. 

Pero seamos honestos, la ley en cuestión fue amablemente “dictada” por EEUU, y en tal sentido parecen apuntar una serie de cables como este revelados por Wikileaks. Así pues, si no disminuida, hay responsabilidad compartida, por tanto alguien debería enviar una amable carta a la embajada estadounidense comunicándoles el presente desacuerdo respecto de su política internacional de influencias así como respecto, desde luego, del contenido de tales directrices. Y de camino un buen capón para el Gobierno por no estar a la altura del valor que ciertos de sus ciudadanos han demostrado últimamente.

Pero como en toda contienda, siempre hay un perdedor, siquiera temporal, y muchas veces es un mal perdedor: leo pues durante la mañana un artículo en El País realizado por un miembro del PSOE y que me produce, como tantos otros, cierta perplejidad porque no termino de encontrar lo que llamaríamos la tesis de su escrito. Esto me hace sopesar dos opciones: o bien nuestro amigo -me resulta algo feo señalar, pero cualquier interesado sabrá a quien me refiero- posee unas dotes de expresión escrita relativamente pobres para su función, lo cual descarto pues no es la sensación que me da; o bien ha escrito su texto de forma un tanto apresurada, en el fragor de la batalla si se me permite, y en la precipitación se le ha agriado el mensaje.

Y es que lo que me sorprende no es tanto el texto en sí, sino su relación con el contexto. Puedo comprender la frustración de haber perdido ante el Congreso la escaramuza que antes mencionábamos, incluso la necesidad de la pataleta inmediatamente posterior en la que uno se reafirma en su determinación por proseguir la pugna que considera justa (o que le conviene). Lo que no comprendo es que a estas alturas de debate uno de los argumentos principales contra quienes se oponen a la Ley Sinde sea estereotiparlos en “abolicionistas” de la propiedad privada que proyectan “vivir de gratis”. Tampoco comprendo a estas alturas la insistencia en decir que la propiedad material y la intelectual son iguales, aunque de hecho no lo sean. Tratarlas por igual no deja de ser un constructo, un juego mental, un artificio, que muchos vienen considerando inadecuado, pero no se trata de que la propiedad intelectual <<sea menos>> que la material, sino de que ambas merecen un trato diferenciado en función de su diferente esencia.

Hacia el final de su texto observamos no obstante una tesis un tanto conspiratoria que parece venir a decir (caricaturizando yo mucho) que los “otros” no hacen más que criticar la <<industria cultural>> en pro de la industria tecnológica y las compañías telefónicas -a la vez que recalca aquello de <<partidarios del gratis total>> referido a los usuarios de internet-. ¿Será que no han comprendido personas como nuestro amigo a quién se enfrentan, y a falta de vislumbrar al enemigo, atizan a sombras? ¿Será por eso que no han conseguido llevar a buen puerto su lucha?

Los partidarios del gratis total somos, secretamente, todos. Pero si hay algo que ha quedado claro es que no hay “gratis” viable cuando esto perjudica a los creadores. Por eso mismo no es en defensa del reino gratuito del internauta que han salido los más insignes representantes de la crítica, o eso me parece. Se trataba de hacer entender que la caza de brujas es inadmisible en los tiempos que corren, y que las leyes antigarantistas de esta guisa no pueden ser toleradas. Asimismo, había que hacer pasar un mensaje muy importante, y es aquel relativo a que ha llegado probablemente el momento de cambiar, que la “industria cultural” se ha vuelto prescindible a la vez que autoritaria.

Este sistema de intermediarios chupatintas y organizaciones monopólicas es lo que ya no es deseado, y esto no tiene ya que ver con la no remuneración a los autores, al contrario, consiste en que reciban el máximo por su trabajo dentro de una cierta equidad y sin ser los esclavos de ningún aparato de producción. ¿Quién está, al final, defendiendo a los creadores realmente? Y es más, ¿a partir de cuándo la defensa de un colectivo justificaría la vulneración de los principios más estimados de nuestro Estado de Derecho?

Es por todo esto que no entiendo, en el contexto actual, el escrito que critico, su finalidad. Dado que parece encontrarse ostensiblemente desfasado en cuanto a varios de los argumentos que sostiene… ¿no será que su finalidad implícita es otra bien distinta? ¿No será que aquello que trata de hacer nuestro rival dialéctico es, más bien, caricaturizar a sus oponentes para ganar el apoyo de la opinión pública insuficientemente informada? ¿No tendrá pues una voluntad de distorsión de la realidad y de soslayamiento del auténtico debate? No quisiera yo pensar esto, aunque la opción alternativa no parece mucho mejor.

Finalizar señalando que a buen seguro entre los defensores de la industria cultural actual los habrán seguramente con argumentos muy interesantes y nada desdeñables, y no sería justo que por el ejemplo que yo he querido destacar el lector caricaturizase a todo el colectivo. Una cosa es la casuística y otra la generalización, siendo esta segunda, frecuentemente, artífice de numerosas falacias argumentativas (de las que quizá ni yo mismo esté a salvo). Así, hágase el lector una opinión más por los argumentos que por las imágenes más o menos burlescas que los contrincantes se hacen (¿nos hacemos?) los unos de los otros.

Concluyo enlazando a un texto muy interesante, extremadamente claro, y de retórica sin duda más organizada y agradable que la de un servidor, cuya autoría corresponde a Carlos Sánchez Almeida. Espero que esto sirva para colmar las dudas que hayan podido surgir y que no se vieran resueltas aquí.

La producción cultural no necesita a los viejos intermediarios para venderse en Internet, lo que necesita es un mecanismo ágil, que permita controlar la difusión de su obra y su justa retribución. -C.Sánchez Almeida.

 

EDITO: Conforme leo voy viendo que la opinión que q aquí se ha expuesto a crítica es más generalizada de lo que en principio cabía pensar, con argumentos idénticos y todo. Así pues, resulta irrelevante qué personaje escoger, pues una gran parte han hecho lo mismo, contestar de manera escueta y un tanto resentida. Si queremos llegar a una resolución respecto de las descargas que no vaya en detrimento de unos u otros habrá que conseguir un nivel de debate algo más maduro que el que se está viendo aquí y allá: donde todo el mundo extiende prejuicios y nadie tiene en cuenta la posición adversa para criticar sobre una base concreta.

Algunos ejemplos de aquello a lo que me refiero, en El País de hoy.


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