El Terror Universal.

El hombre recto (…) no vive para la muerte o la eternidad sino para alcanzar la plenitud de la vida en la brevedad del tiempo. – Las Preguntas de la Vida, Fernando SAVATER

Es cierto que si existe un Gran Terror Universal tan omnipresente y cotidiano como, paradójicamente, censurado de la propia existencia, probablemente sea éste el relativo a la muerte. Muerte que es en sí misma una idea de difícil aproximación y que, cuanto más se pregunta uno sobre ella, más desasosiego tiene tendencia a producirle.

Algunos piensan en la muerte (aunque traten de no hacerlo muy a menudo) como un modo diferente de vida, lo que a bote pronto parece contradictorio, pero dado que desconocemos en qué consiste esta más allá de lo empíricamente constatable por los vivos, no desecharemos esta opción. Otros entienden la muerte como el último sometimiento a juicio, en el que se valorará la estancia en vida. Y quizá la visión que más unánime desasosiego produce, tanto al noble como al villano, es la muerte entendida como el cese de la existencia de uno: la pura y simple desaparición, no ya física, sino de lo que durante siglos se ha conocido por el nombre de alma, es decir, nosotros mismos.

Sea cual sea la opción escogida, la idea de morir no nos resulta en absoluto grata, es más, nos condiciona la existencia. El que seamos finitos es precisamente aquello que nos mueve, porque sabemos que la película se acabará y antes de ello habría que sacarle provecho. Ahora bien, cuestión peliaguda es la materialización misma de ese “provecho”, que toma muchas formas y explica tanto las buenas como las no tan buenas (desde una perspectiva social o ética si se quiere). Pero volviendo a lo dicho, el morir parece no ser más que el reverso de la voluntad de vivir -o incluso a la inversa-, pues tanto más fuerte es nuestro instinto de supervivencia cuanto más próxima está la muerte, aún a modo de recordatorio. Esto nos trae a la siguiente cuestión: ¿Por qué alejamos a la muerte de nuestras vidas, si precisamente lo que nos dice es: “vive”?

La respuesta parece clara. Tenemos una cierta tendencia a mantenernos al margen de las cosas que nos atemorizan, nos preocupan o nos hieren. No obstante, si nos paráramos a pensar, quizá viéramos que el que parece ser el mensaje subyacente de nuestra caducidad en tanto que seres humanos es que, siendo todos iguales ante nuestro fin y nuestro comienzo -muerte y nacimiento-, es el trecho que separa al uno del otro aquel que ha de requerir nuestra máxima atención. Conseguir interiorizar la muerte de forma equiparable al nacimiento para enfocar toda nuestra dedicación al tiempo de vida.

Al igual que los niños no quieren dejar de jugar para volver a casa a cenar, naturalmente los seres humanos siempre pedimos más y más tiempo de vida, y ello es porque disfrutamos del juego que esta representa: somos felices viviendo y detestamos la idea de volver a lo insondable de donde venimos. Pero esto nos trae la siguiente cuestión: ¿de qué sirve prolongar el tiempo de vida, si uno no vive su tiempo? ¿De qué serviría tener un día o dos para jugar, si uno sólo se divierte unas horas? Así pues, es un contrasentido muy presente la constante ansia de más “esperanza de vida” conjugada con un relativo desinterés por hacer el lapso de vida más alegre. Parece que preferimos, metafóricamente, un café largo y aguado a un café corto e intenso.

No significa esto que forzosamente el café largo haya de salir aguado, sino que al contrario deberíamos recordar que nosotros somos quienes lo dosificamos, y que deberíamos hacerlo de tal manera que, a sabiendas de que es el último café, también sea este con diferencia el mejor que pudiéramos haber concebido. Parece contraproducente en cierto sentido esa perpetua negación de nuestro propio fin, pues es precisamente esta línea de meta la que da pie a un cierto imperativo vital por el cual deberíamos buscar vivir lo mejor posible, tanto con nosotros mismos como con los demás.

En coherencia con esta actitud de tabú frente al destino último de todos nosotros, parece estar el progresivo desarrollo de mentalidades hipocondríacas sumidas en la obsesión de preservar la propia salud a toda costa y, sobre todo, a costa de los demás. La conciencia distorsionada del paranoico que interpreta como un ataque a su esperanza de vida cualquier leve exposición cuya fuente son los demás, pero que ignora de forma notoria las puestas en peligro realizadas por uno mismo y que, más allá de eso, lucha por vivir en una burbuja aséptica tanto tiempo como sea posible pero que no se plantea forzosamente empezar a vivir significativamente mejor el tiempo del que dispone.

Pregunto pues, ¿por qué esa obsesión por vivir en un “hospital”, a salvo de cualquier agresión, si uno no va a ver ya una puesta de sol, de la misma manera que no va a hacer nada con su persona más allá de sucesivos trayectos del camastro a la sala de espera, así hasta el fin de sus días?

Llegue cuando llegue la muerte, que la única añoranza que nos produzca -si ha de producir alguna- sea la de “vivir” en un sentido pleno, y no meramente la de “existir”.

————

Así, con este texto, queda concluida la entrada número 100, de forma -en cualquier caso para mí- bastante satisfactoria.


One response to “El Terror Universal.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: