El Demos Responsable

 

¡Gracias Mafalda!

Leía ayer mismo un fragmento del Homo Videns de Giovanni SARTORI y he de reconocer que me ha parecido tan interesante como sorprendente en según qué momentos. En cualquier caso he tratado de construir el texto que sigue en base a aquello que pienso haber comprendido y que me ha traído a la cabeza una serie de reflexiones.

De los puntos que trata el autor, me interesa particularmente el asunto político hoy, si bien  su tesis del homo videns y su crítica a la televisión es interesante y está, sin duda, conectada, pero no me entretendré con ella –quizá otro día-. Hasta donde creo haber entendido, su tesis política (o en todo caso aquella que se expone en el texto que he podido leer) podría resumirse como lo siguiente:

El sistema político en el que estamos instalados, como bien sabrá el lector, es el democrático,  del griego “demos”, pueblo, y “kratos” que puede traducirse como poder o gobierno. Así, la Democracia es literalmente el poder que emana del pueblo. No obstante, si la titularidad del poder no es discutida, presenta problema el ejercicio de la misma, existiendo dos grandes modelos: la democracia representativa, que es aquella que experimentamos cotidianamente, y la democracia directa, donde el pueblo  tendría materialmente (realmente) el poder en sus manos.

SARTORI se muestra bastante crítico respecto de esta segunda opción pues, entiende, para desarrollar un gobierno capaz, tienen que haber gobernadores capaces. Y es justamente esta capacidad del pueblo[1] la que se pone en tela de juicio, que lejos de estar a la altura de las circunstancias, parece haberse vuelto aun más incapaz de gobernarse a sí mismo, tanto por su falta de formación a tal propósito, como por su desinterés creciente.

Citando al autor <<lo importante es que (…) cada crecimiento del directismo –democracia directa- requiere que el número de personas informadas se incremente y que, al mismo tiempo, aumente su competencia, conocimiento y entendimiento. Si tomamos esta dirección, entonces el resultado es un demos potenciado, capaz de actuar más y mejor que antes. Pero si, por el contrario, esta dirección se invierte, entonces nos acercamos a un demos debilitado. Que es exactamente lo que está ocurriendo>>.

Queda claro pues que SARTORI no es muy amigo de la democracia directa, pues desconfía ampliamente de la capacidad del pueblo para autogobernarse sin representación, sin políticos profesionales. Y en cierta manera no carece de legitimidad esta postura. ¿Te imaginas, lector, gobernado por la “Princesa del Pueblo”? Coincidiremos seguramente en el horror que dicha visión nos produce, pero no parece que, visto lo visto, sea algo totalmente imposible con una buena campaña publicitaria.

Ahora bien, humildemente he de discrepar, al menos en parte, con el emérito Doctor. Mi discrepancia abarca varios puntos del texto, pero trataré de ceñirme a lo aquí expuesto y dejar lo demás para otro día. Coincido en que el pueblo, hoy por hoy, probablemente no esté preparado para tomar las riendas de su destino sin más, pero el verdadero problema no reside, según mi criterio, en qué sistema de gobierno (directo o representativo) escoger, sino en cómo se lleva a cabo. Así, ni el “directismo” es una barbaridad en sí (como se intuye en la propia opinión del autor), ni la democracia representativa es la panacea (a los hechos acontecidos en su propio país de origen me remito). La clave radica en cómo se lleva a cabo el gobierno.

No creo que sean hoy por hoy necesarias más pruebas del desprestigio –fundado- de la clase política internacional, que posiblemente integre virtuosos y bribones a partes iguales (me siento generoso). Ante ello, es totalmente comprensible y natural el crecimiento de reclamaciones de poder para el pueblo, de directismo, y ello no tiene por qué ser malo, al contrario, puede ser potencialmente muy positivo si se enseña al demos a votar racionalmente, es decir, a usar su poder de forma responsable.

¿Y habrá actitud más irresponsable que el “votante de partido” actual, que va a las urnas en función de campañas electorales (¡oh, eufemismo!), de ideologías (otro eufemismo) partidistas o por cualquier otra razón, desconociendo totalmente qué es lo que concretamente está haciendo con su demopoder? Pero ello no tiene forzosamente que deberse a su ignorancia, sino también al desencanto resultante del proceso de alienación electoral al que está sometido. Y es que vemos cada día más casos de votantes que no se identifican ya con sus representantes, perdiendo en el proceso todo el significado de su acción en las urnas. El actual votante –incluido el potencial- es un votante alienado, desposeído del sentido y del producto de su voto.

Otro problema esencial es precisamente en manos de quién se delega el ejercicio del poder cuya titularidad reside en el pueblo, así como la forma en que están estructuradas las escalas de poder y la forma en que ciertos individuos acceden a ciertas posiciones y abusan de las mismas. No entraré más en detalle puesto que probablemente nos desviaríamos demasiado y, además, el lector dispone cotidianamente de ejemplos muy ilustrativos sobre estas cuestiones en la prensa del bando que más le plazca. Solo decir que la democracia representativa requiere, en mi opinión, de un cambio de paradigma, de una concepción distinta y la consecuente reforma para responder a las expectativas y las exigencias que la realidad de la función pública tiene.

Así pues, a pesar de las capacidades que requiere del pueblo una democracia directa, no parece inviable ni cualitativamente inferior, pero pone el dedo en la llaga (una de muchas) de la sociedad como conjunto. Nos deja entrever aquello en lo que estamos convirtiendo a los individuos que conforman el grupo, esa enorme masa de personas en las que, a priori, no daríamos ni voz ni voto (es una expresión), ese demos debilitado.

Debilitado por intelectualmente empobrecido, y a consecuencia segregado del poder, y apaciguado con la cantinela democrática de que “el poder reside en el pueblo”, un mito, o una construcción teórica si se quiere, de escaso reflejo en la realidad[2].

¿Cómo podríamos pretender exigir una actitud responsable a los ciudadanos si, al tiempo, los infantilizamos haciéndoles creer que la cosa pública es competencia de otros que se “encargan del tema” transmitiéndoles, de paso, la sensación de que no está entre sus capacidades gobernarse a sí mismos? Es más, ¿por qué el ciudadano habría de interesarse por la política cuando ha interiorizado que su posibilidad de intervenir en el rumbo de su sociedad es nulo?

Entiendo pues que, respecto de la actitud política, la idea de “aprender haciendo” no es tan absurda como pueda parecer, pudiendo ser totalmente viable si se va introduciendo progresivamente en la conciencia del sujeto una noción de responsabilidad.  Movilizar a las personas, interesarlas por la “cosa pública”, pasa por hacerlas sentir necesarias, por transmitirles la sensación de que sus actos les pertenecen, y esto también a nivel político. La empresa de habilitar a una mayoría de la población para participar racionalmente en la vida del Estado no parece cosa fácil, pero los efectos a obtener son quizá más interesantes que dejarles votar por inercia hasta que el desinterés y la pereza neutralicen la voluntad de hacerse oír (políticamente hablando).

No se trata en definitiva de ser un optimista casi “rousseauniano”, sino de que, se elija el sistema que se elija, se den los medios para llevarlo eficazmente a cabo, y eso pasa, en las democracias, por crear –como se viene sugiriendo desde la Ilustración- un demos racional, fuerte, responsable y, en consecuencia, soberano.


[1] El autor diferencia en este sentido dos niveles de “capacidad” o de conocimiento si se quiere: la información y la competencia cognoscitiva, siendo lo primero una cierta instrucción suficiente para no “hablar sin saber”, y lo segundo el conjunto de aptitudes que habilitan a aplicar correctamente lo que uno sabe. Según su propio ejemplo: <<El hecho de que yo esté informado sobre astronomía no me convierte en astrónomo.>>

[2] Salvo cuando se trata de fastidiar al sujeto imponiéndole que haga efectivo su poder participando de jurado en un tribunal por ejemplo.


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