La Agresividad (I)

Presento hoy la primera parte de lo que, si hay suerte, podrían ser dos textos seguidos y conectados, hacía tiempo que no escribía (casi no tengo tiempo) pero ya hacía falta. Sin más preámbulos lanzo el texto.

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Todos aquellos que frecuentamos Internet con cierta asiduidad sabemos perfectamente hasta qué punto aquel argumento de “es un utensilio cultural indispensable” es una verdad a medias, un eslogan de venta, la cara luminosa del todo, tontamente: una mentira a medias.

Desde luego que las posibilidades de aprender, instruirse o acceder a la información son extremadamente cómodas y mucho más accesibles que cualquier medio “material” (periódico, biblioteca…). Podemos estar al tanto de todo lo que ocurre en tiempo casi-real mediante Twitter, lectores RSS, o simplemente a golpe de buscador y un par de clicks. Podemos aprender sobre cualquier rama del conocimiento o las artes sin despeinarnos, mantenernos en contacto con amigos y profesores al momento… y mucho más –consultar este blog, por ejemplo-, no sirve de nada que haga una lista exhaustiva de algo que los lectores quizá conozcan mejor que yo.

Esto anterior es sólo una parcela de todo aquello que empleamos para vender las bondades de Internet a aquellos que no se encuentran realmente familiarizados con una de las herramientas más revolucionarias de la historia. Pero dicha herramienta tiene también un lado oculto que tratamos de olvidar, obviar o simplemente ignorar pero que, a su vez, conocemos tan bien como los aspectos positivos.

Resulta que Internet es, en sí misma, la democracia en su versión más pobre, una house of terror del inocente navegante que se ve asediado por toneladas de opiniones[1] de cientos y miles de anónimos terroristas verbales que parecen haber olvidado totalmente las mínimas reglas de conducta en sociedad, a saber: la educación.

Desde luego excluyo de esta consideración las discusiones mínimamente racionales en las cuales, como es natural, puede haber cierto acaloramiento en la defensa de la propia perspectiva. Un acaloramiento que, en un cierto margen, puede ser tolerable, aunque considere que es generalmente indeseable. El límite a todo ello se encuentra en la agresividad.

Y es que el extremo menos grave de la “escala de la vergüenza” es probablemente el citado anteriormente, la persona que argumenta –en sentido propio- con cierto exceso de vehemencia y una pizca de agresividad. Pero en la otra punta nos podemos encontrar la más variopinta fauna –que no flora- de matones, abusones de colegio, individuos frustrados, y demás gente agradabilísima[2] que transforman nuestro apacible viaje por la red en un moralicidio (palabra inventada por supuesto: asesinato de nuestro ánimo o moral) como mínimo.

Desde luego, esto existe en la realidad, pero también nos pasamos la vida haciendo una selección de las personas que nos rodean de forma a reducir los daños en la medida de lo posible. De esta forma, no nos suelen agredir verbalmente –al menos no con la frecuencia masificada de Internet- por leer algún libro concreto, comprar cierta cosa o, en definitiva, pensar de cierta manera. Con mayor o menor intensidad podríamos decir que, en el día a día, si uno se las apaña bien, la negatividad es relativamente fácil de esquivar o reducir a un nivel tolerable –entiéndase esta observación circunscrita al modo de vida y entorno del autor, que no piensa en este momento en la vida de las grandes aglomeraciones urbanas de China, EE.UU., o peores-.

Pero hostia, cuando enciendes el ordenador menudas palizas –simbólicas- te puedes llevar según qué “barrio” de la red frecuentes. La cosa es que casi parece ser esto un caso extremadamente extendido. Se dio voz y voto a individuos que no sabían ni hablar ni pensar, y abarrotaron la red, se extendieron como una plaga bíblica y en ocasiones nada volvió a crecer tras su paso.

El precio a pagar por la masificación de Internet ha sido la masificación (valga la redundancia) de la apariencia de idiotez que presenciamos día a día (añade a esto la pasión local por los programas de corazón que hay en este país y a ver qué pasa). La cuestión es, ¿qué hacer con ello?

Menos mal que la voluntad divulgadora que motiva los esfuerzos de todos aquellos que trabajan gratuitamente para publicar contenidos que puedan ser de utilidad a los navegantes no depende exclusivamente de la aceptación o, mejor dicho, de las demostraciones, de los destinatarios. Porque si así fuera, la raza (por ejemplo) de los bloggers se encontraría extinta, habiéndose retirado estos a la apacible realidad, lejos de los conflictos innecesarios, para seguir haciendo sus cosas de forma seguro más apacible.

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Una aproximación más científica desde Genciencia, que ha sido de hecho una notable fuente de inspiración -y de material “experimental”-.


[1] Que, si se me permite la licencia, son como los traseros, todo el mundo tiene uno y nadie cree que el suyo apeste.

[2] También hay idiotas de tomo y lomo, simplemente.


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