El hombre siempre será el hombre.

“Los pueblos que tienen memoria histórica, progresan”-Gregorio Marañón

Si hay algo que parece que lastra el progreso del hombre a lo largo del tiempo es precisamente su escasa memoria. Conforme avanzamos nos damos cuenta de que la frase “nada es inventado” es, en según qué casos, algo más que un simple refrán destinado a hacer acto de presencia a lo largo de discusiones de barra.

No es infrecuente encontrar importantes similitudes entre el pasado y el presente, e incluso sumergirse en un estudio retrospectivo de lo pretérito para abordar mejor lo actual. Ello fundamenta no sólo la necesidad de conservar aquello que se ha hecho o pensado en épocas pasadas sino de sumergirse de vez en cuando en su análisis. Porque una cosa es segura, pese a los avances científico-tecnológicos o socio-culturales el hombre sigue siendo el hombre en su esencia.

Ello, que parece tautológico, quiere decir lo siguiente. Probablemente exista entre los seres humanos una creencia no exteriorizada de que los acontecimientos que cada persona vive son únicos e irrepetibles. Que lo pasado es pasado y que el futuro en nada se asemejará al presente. No obstante, no pocas son las veces en las que personas, movidas por un interés intelectual, un afán de conocimientos o cualquier otra razón igualmente válida, se ven obligados a constatar que en el fondo las personas que poblaban la tierra hace unos siglos no eran tan diferentes a las que ahora ostentan ese privilegio.

La atemporalidad de las obras de escritores clásicos parece ir en dicho sentido, pues sus narraciones hablan (aunque la expresión sea diferente) de hechos que hoy por hoy nos son perfectamente cotidianos y preocupaciones que nos son familiares. Pero esa perennidad y repetitividad del pensamiento, de las emociones, de las vivencias del ser humano, pese a ser lógicas y comprensibles (inherentes a la especie podríamos aventurar), son quizá pista de un hecho menos alentador aunque quizá relativamente inexorable: las sociedades progresan, no tanto así el individuo.

Con esto se quiere decir que la acumulación de conocimientos, el registro de acontecimientos, de experiencias, la memoria histórica, todo lo que construye la casa del saber que hemos podido forjar entre todos sienta las bases, según el uso que se le dé, del cambio y de la cultura en devenir. No obstante, esa suerte de carrera ininterrumpida hacia el progreso (desde un punto de vista histórico) que parece que acusen las sociedades relativamente duraderas y, más en general, la humanidad, toma una forma bien distinta en el hombre, que sufre de un obstáculo de momento infranqueable: su caducidad.

Y es que las vidas de los hombres son una constante novedad para sí mismos. No hay una “memoria de especie”. La experiencia individual no es acumulativa y sufre, por lo tanto, el borrado y reinicio que supone la desaparición de una vida y la aparición de una nueva. Las vivencias de aquellos que estuvieron antes que nosotros han de ser reasimiladas, reaprendidas, a lo largo de un espacio de tiempo vital limitado, para finalmente concluir con nosotros: Y vuelta a empezar. Así, es lógico que cada hombre sea un hombre nuevo en su potencialidad de ser cualquier cosa, es una pizarra en blanco con todo por hacer y aprender.

Parece entonces sensato (si bien no particularmente optimista) pensar que los hombres serán “más evolucionados” cuanto mejor sea el entorno en el que nazcan desde un punto de vista sociocultural y, desde luego, generalizando. No obstante lo fundamental del individuo seguirá repitiendo el mismo patrón ya conocido que tantos otros ya han escrito.

Los hombres seguirán descubriendo el amor, el desamor, el odio, la muerte, la ilusión, la desesperanza… Y seguirán siendo racionales, pasionales, amables, amargos, bondadosos, asesinos…todo como si fuese el año cero de la humanidad en el que nada hay previamente escrito y todo está por descubrir y experimentar.

El individuo siempre fue, es y será un mero ser humano, ahora el legado que deje, eso ya es otra historia…


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