De la Ciencia Imperfecta.

Un científico es un hombre tan endeble y humano como cualquiera; sin embargo, la búsqueda científica puede ennoblecerle, incluso en contra de su voluntad – Isaac Asimov.

Sin duda uno de los pilares de la evolución de la especie humana, la cultura y la sociedad haya sido el desarrollo del conocimiento así como su acumulación y sistematización derivando en lo que hoy en día conocemos como saber científico. Un éxito que se sustenta en buena medida sobre los fundamentos del espíritu crítico y la certeza del saber recolectado. Ahora bien, como buena creación del hombre, sufre frecuentemente de todo aquello que es en cierta medida antropomórfico, y esto es, de los defectos que hacen al ser humano.

Ello, que en principio puede parecer de perogrullo, es algo que en buena medida aparece disimulado o incluso negado en parte por una suerte de creencia poco fundada de que la ciencia fuera una especie de “lenguaje de lo divino”, como un código de la Verdad que la comunidad científica se encarga de descifrar. No parece, por otro lado, que los hechos respalden esto ni nada parecido, no son pocas las ocasiones en las que hemos visto estudios realizados siguiendo el tan halagado método científico y que se han visto empañados por la naturaleza, personalidad, creencias culturales o sesgo interpretativo del grupo investigador. Así, el problema que intuyo se produce no sería tanto un “los datos nos dicen esto” como más bien un “los datos son datos, y luego interpreto yo, el hombre”. Por supuesto, ello no es óbice para que a posteriori otros investigadores aporten un criterio diferente o una lectura más acertada de los datos -altamente recomendable y legítimo-, razón por la cual no se teme la subjetividad potencial de unos u otros estudios formalmente científicos.

Ahora bien, el caso es que, al igual que ocurre en otros terrenos -como con la vida de los textos legales- a veces algo que parte de una base errónea, incompleta o incluso totalmente manipulada o sesgada puede producir consecuencias catastróficas o, en todo caso, generar un partidismo en ocasiones exacerbado en el seno de la propia comunidad científica hasta el momento de su invalidación. Encontramos entonces discusiones entre científicos o simplemente amantes de la ciencia que bien podrían haber tratado de fútbol, de toros o de política -en el sentido vacuo y común del término-: la temática científico-racional y lo empíricamente demostrable dejan paso a una exposición-imposición de puntos de vista más o menos apoyados en estos o aquellos estudios o investigaciones. Totalmente antiasertivo podríase decir.

Todo esto dicho en absoluto desde una perspectiva que alguno que otro ha tachado con anterioridad de “acientífica” -sonaban sus palabras más bien a “anticientífica”- no pretende desacreditar a la ciencia y a la comunidad científica a quienes, personalmente, tengo mucho aprecio, sino poner de manifiesto un cierto olor a dogmatismo bastante presente en un sector de los “cienciadictos” según, por supuesto, mi propia experiencia. Por otro lado psicológicamente comprensible pues todos anhelamos saber algo a ciencia cierta valga la expresión, queremos vivir en la certeza.

Mucho he visto la actitud algo radical de defender la posición propia desacreditando la contraria, denigrándola. En el seno de la comunidad científica el mayor insulto pudiera ser de hecho el tildar algo de “magia”, “superstición”, “engañabobos” o derivados, que no son términos infrecuentes y que, considero, sin la debida argumentación y demostración -y quizá incluso con ella- son innecesarios y carentes del espíritu crítico y el afán de autocuestión que debiera ser inherente a toda mente científica.

Finalizando y resumiendo, difícilmente se habrá visto mayor y mejor instrumento y creación humana que la ciencia, los hechos hablan por sí solos a este respecto. Pero la ciencia jamás será autónoma e independiente de los hombres que la materializan, lo cual abre el campo de los potenciales efectos nefastos de la misma, así como simplemente la posibilidad de su descrédito. Simplificando, un “idiota competente” puede emplear el saber científico de forma tan vacua o sesgada como puede un “genio” devolverle el prestigio merecido. Así pues, consideraría saludable, tanto para el científico como para el que no lo es, la adopción de una actitud menos presuntuosa en algunos casos preocupantes pues, ni la ciencia lo sabe todo, ni el saber científico es inmutable, ni todo saber útil y válido tiene siempre la categoría de científico desde un primer momento, un poco de humildad, tolerancia y voluntad constructiva por lo tanto no estarán nunca de más.


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