El Asesino de las Sombras, Parte III (y última): El Proceso contra “Le Tueur de L’Ombre”.

La investigación en el domicilio realizada el 14 de diciembre de 1976 no dio resultado alguno sin embargo, al pasar por el trastero, los policías encontraron, entre viejos muebles, una carabina calibre 22 marca Gekado, un cuchillo de tipo militar, una porra y un impermeable. Cuando Barbeault llegó a su casa el día de Navidad con los regalos para sus hijos se procedió a su arresto.

Cuando fue llevado ante el inspector Neveu, este último se sintió chocado por la similitud entre el hombre y el retrato robot realizado del asesino. Ello sumado al hallazgo de los objetos incriminatorios en el trastero formaban una carga importantísima en pro de la culpabilidad de Barbeault quien, no obstante, se mantendría imperturbable durante el interrogatorio y negaría, con calma y aplomo, todas las acusaciones dirigidas contra su persona o, simplemente, esquivaría las preguntas. La carabina, según él, al igual que todo lo demás lo había encontrado “en un cementerio”.

El 16 de diciembre fue oído por el Tribunal de Senlis, ante la Jueza de Instrucción encargada del caso, la cual se sintió impactada por las similitudes entre el sujeto real y el retrato robot realizado durante la larga búsqueda de la identidad del depredador de Nogent, tanto por la robustez como por el porte imponente. Antes de hacerlo comparecer en su despacho, se había encargado de estudiar las conclusiones del análisis balístico realizado sobre la carabina marca Gekado incautada en el trastero del imputado. Las conclusiones del director del laboratorio de la Policía Científica eran tajantes: sin lugar a dudas, dicho arma de calibre 22 con cañón recortado y culata serrada era la que había segado la vida de Françoise Jakubowski el 6 de enero del 76.

A pesar de ello, Barbeault continuaría con su estrategia de negar categóricamente, estrategia que mantendría incansable durante todo el proceso. Él no era el asesino de las sombras. Ya había cometido algunos robos, sí, pero nunca había matado a nadie: “Esta arma, la robé de la cabaña del sepulturero, bastante tiempo después de la fecha del crimen” diría.

A pesar de ello, a las pruebas balísticas se añadirían otros indicios de la culpabilidad del imputado como los otros objetos incautados de su trastero: un cuchillo militar -como el que se asignaba a los paracaidistas- sobre el cual no se encontró, en cualquier caso, ningún rastro de sangre; un tubo que podría haberse empleado como porra, y un impermeable. Dicho atuendo se correspondía con la descripción que hiciere en su día Micheline Mérienne tras el asesinato de su madre en 1969. Tal y como indicó, despedía un fuerte olor a plástico en proceso de podredumbre. La joven también afirmaría que la silueta de Barbeault y la del asesino eran similares. María D., que hacía la limpieza en Saint-Gobain, fue por su parte mucho más categórica, reconociendo a Barbeault como el hombre que la estuvo siguiendo durante un tiempo.

Sustentándose sobre dichas pruebas materiales y testimonios, la Jueza de Instrucción acusaría a Barbeault por el asesinato de Françoise Jakubowska. Sería encarcelado en la marinos Duarte d’Amiens. El 21 de diciembre fue oído de nuevo, en presencia de su abogado, y durante tres horas contestó a las preguntas en buena medida y esquivó unas cuantas, todo ello sin perder un ápice de sangre fría. Cuando fue interrogado sobre su presencia casi cotidiana en los cementerios de la región, contestó que su abuelo, quien no podía desplazarse allí, le había encargado entretener regularmente las tumbas de cinco miembros de su familia.

No obstante, recientemente la Policía Científica había completado más profundamente el fichero de pruebas balísticas, determinando previo reexamen de la carabina y de las balas extraídas de los cuerpos de las víctimas, que el arma que había abatido a Jakubowska también era la responsable de la muerte de Julia Gonçalves. Dichas conclusiones no perturbaron en absoluto a Barbeault, quien continuó con su versión de los hechos negando toda responsabilidad. Admitió que debería haber devuelto el rifle a “objetos perdidos” o a la policía, pero que no lo había hecho debido a que sentía pasión por las armas. El acusado se mantendría impertérrito incluso después de imputársele el segundo asesinato, cediendo un tanto en su frialdad únicamente cuando le dieron noticias de sus hijos, a los que adoraba.

Los investigadores de la Policía Judicial comenzaron, pues, a buscar todas las carabinas y rifles que habían podido pasar por las manos de Barbeault convencidos de que, durante la serie de asesinatos que se había producido durante siete años, otras dos armas habían sido utilizadas por el asesino. Para confirmar su teoría, se interesaron en primer lugar por la carabina robada por el acusado en casa del señor Lechovitz en verano de 1972 en Nogent-sur-iOse. El arma había sido restituida a su propietario por los gendarmes de Liancourt en 1974. Dos años pues es el tiempo durante el cual permaneció en manos del sujeto pero, esta vez, el resultado de balística no fue acusatorio para con el mismo.

Pese a la imperturbabilidad y solidez de Barbeault, el comisario Jacob conservó la certeza de haber detenido al tueur de l’ombre. Siete años habían sido necesarios para poner la mano sobre el asesino -diría- así que unos cuantos meses iban a ser indispensables para confundirlo. Y los meses se transformaron en un año, momento en el que la investigación, que parecía hallarse estancada, progresó brusca y súbitamente gracias a un importante descubrimiento:

Durante un robo cometido en 1970 en el domicilio de M. Landais, robo atribuido a Barbeault, otra carabina calibre 22 de marca Reina había desaparecido. El propietario del arma solía entrenarse disparando en su jardín por lo tanto se buscó en éste cualquier pista que pudiera ser de ayuda y, finalmente, se pudo hallar una serie de balas provenientes del rifle descrito. El análisis comparativo de balística determinó que dichos proyectiles eran idénticos a aquellos utilizados para dar muerte a Eugène Stephan y Mauricette Van Hyfte, así como a Josette Roture, es decir, provenían del mismo arma.

El 16 de diciembre de 1977, cuando la Jueza de Instrucción le comunicare a Barbeault las tres nuevas acusaciones, la defensa se mantuvo igual de enérgica e invariable: “No he cometido ese robo. ¡Nunca he tenido ese arma entre mis manos!”. Sin embargo, dos de sus amigos -del acusado- reconocieron el arma, pues él mismo se la había prestado en ocasiones anteriores.

Tras casi cinco años de instrucción el caso fue transmitido a la Chambre des mises en accusation de la ciudad de Amiens. Pero sobre los ocho asesinatos del caso del asesino de las sombras, sólo cinco fueron atribuidos a Marcel Barbeault quien nunca confesó nada en absoluto. A causa de la falta de pruebas materiales, las tres primeras muertes ocurridas en Nogent, las de Thérèse Adam, Suzanne Mérienne y Annick Delisle no fueron, pues, nunca resueltos oficialmente.

Así pues, el lunes 25 de mayo de 1981, se dio apertura al juicio oral de Marcel Barbeault en el Palais de Justice de Beauvais. Se hallaba en juego la pena capital para el imputado pese a su constante negación, pues habría de responder de cinco asesinatos. Durante el proceso, la actitud del acusado fue casi de sorpresa o perplejidad por encontrarse en la sala. Parecía tranquilo pero la continua agitación de sus manos denotaba un intenso nerviosismo. Se sentía atemorizado por esos jueces y magistrados y ese jurado popular designado para pronunciarse sobre su culpabilidad -jurado del cual el abogado defensor consiguió recusar a cinco personas y el Fiscal casi las mismas, pero el azar hizo que de las nueve personas designadas, tres fueran mujeres morenas con cierta similitud con las víctimas-.

Durante el proceso, fueron oídos no menos de 75 testigos y 17 peritos. Una joven rubia, Josiane Barbeault, apenas si se atrevió a dirigir directamente su mirada hacia su esposo. Tras la lectura de los actos de acusación, el Magistrado Presidente quiso saber más sobre la vida del imputado y le preguntaría en ese momento: “¿Estaba usted al lado de su madre el día de su defunción?” -fue su pregunta-, “Sí -contestó tristemente- estaba ahí, la vi morir”. Barbeault adoraba a su madre y la serie de asesinatos había comenzado al día siguiente de la muerte de la mujer a causa de un cáncer de mama. Hablaría a continuación de los otros fallecimientos ocurridos en la familia: el accidente de tráfico de su hermano Jean-Louis en 1971 y el suicidio de su otro hermano, Roger, en 1974. Conoció entonces a su mujer Josiane, que devendría su esposa y a quien tanto amaba.

Llegaría, como es cotidiano en procesos de esta índole, el momento para los psicólogos y psiquiatras de pronunciarse sobre el estado mental del imputado. Concluyeron a su respecto que se trataba de un individuo inteligente pero un tanto encerrado en sí mismo, algo frustrado, con tendencias mórbidas, pero nada de patológico: no era un enfermo mental sino un hombre normal. Se sucedieron a continuación los testimonios de los compañeros de trabajo, amigos, vecinos y familiares de Barbeault. Tantos testimonios que iban en el mismo sentido: “¡Barbeault era un buen tipo!” y así todos, todos salvo uno, el de un antiguo compañero: “¡Era un tipo violento Barbeault!”. Le correspondió finalmente a la esposa del mismo testificar y dijo lo siguiente: “Era un buen marido, dulce y atento con los niños. No tengo nada que reprocharle… Era un marido fiel, nunca he pensado en que halla podido engañarme con nadie… Nunca he entendido porqué cometía esos robos. No teníamos dificultades para vivir…”. Reconoció también que había considerado divorciarse de él: “Cuando salió de prisión –por una serie de robos-, decidí darle una oportunidad. ¡Pero le advertí de que si volvía a hacerlo, se habría terminado! …Me ha mentido dos veces. Cada vez me ha asegurado que se iba a hacer horas extra al trabajo y no era cierto”. Cuando el abogado de Barbeault le preguntó si pensaba que su esposo podía ser el asesino, contestó “No, Marcel es inocente de todos esos crímenes. Si no, no habría permanecido a su lado”.

Durante la segunda semana de juicio, los asesinatos estuvieron a la orden del día. Las inverosimilitudes y las aproximaciones alternaban sin parar con las pruebas irrefutables y creaban una extraña y turbia mezcla. El cabello negro hallado previamente presentaba una “gran similitud” con los cabellos de Barbeault. Se había estimado que el ladrón podía calzar un 42 y él calzaba un 43. Las marcas observadas en los cuerpos de las víctimas o sobre sus ropas podían haber sido realizadas con un cuchillo como el incautado en el domicilio del acusado no obstante el análisis del mismo no mostró ninguna traza de sangre. Por otro lado, la balística se mantenía con pie firme y decidido. La carabina Gekado descubierta en el trastero del que se habían incautado las demás pruebas era sin lugar a dudas la que había disparado los proyectiles extraídos del cuerpo de Julia Gonçalves y Françoise Jakubowski. En cuanto a la otra arma empleada, tras el análisis de las balas encontradas durante la autopsia de las otras tres víctimas, se determinó que se trataba de una carabina Reina, exactamente la marca de la carabina que Barbeault habría robado en el domicilio de Landais en 1970.

Los testigos que habían reconocido en el pasado al imputado como el hombre que merodeaba por el parque o cerca de la estación de trenes justo tras su arresto, fueron menos tajantes en el momento del juicio. Cinco años habían transcurrido y Barbeault había engordado, su rostro se mostraba más relleno y con un matiz más rojizo. Un compañero de trabajo, sin embargo, rememoró que el acusado había llegado un día al trabajo con la ropa manchada de sangre.

Barbeault, él, siguió negando.

El inspector Daniel Neveu fue llamado a relatar su larga investigación y explicar el razonamiento que le había conducido al arresto de Marcel Barbeault. Mencionó lo extraño de ciertos robos cometidos en la región, todos imputados al acusado. Según aparecía en la escena del delito, se interesaba por las fotos familiares o íntimas que encontraba en los hogares visitados. A lo largo de un registro llevado a cabo en el domicilio de la familia Barbeault la policía encontró varios objetos robados. La hipótesis del inspector no había cambiado: el ladrón y el asesino no eran ni más ni menos que la misma persona: un voyeur.

El 10 de junio de 1981 el Fiscal hizo su exposición, al final de la cual requirió la pena de muerte, aun a sabiendas de que ésta iba a ser abolida en breve y, probablemente, no llegara a surtir efecto. Afirmó posteriormente que no se había planteado dicha cuestión, simplemente, en su papel de defensor de la sociedad, reclamó la pena que él considerada la apropiada en función de las posibilidades que en ése momento se le planteaban, es decir: la pena máxima.

El abogado defensor recordó a la sala que su cliente jamás había confesado nada y que varias de las pruebas materiales presentadas no eran sólidas. Solicitó la absolución. La estrategia de defensa, en cualquier caso, no habría podido ser otra, Barbeault jamás clamó otra cosa que su inocencia y nunca habría permitido otro tipo de defensa.

Sobre las tres y media de la mañana, tras seis horas de debate, los miembros del jurado hallaron un acuerdo: consideraron a Barbeault culpable de dieciséis robos, y dos homicidios y tres asesinatos. La condena final consistió en cadena perpetua.

Unos años más tarde, en noviembre de 1983, comenzó el juicio de recurso, y no ocurrió ni más ni menos que aquello que ya había ocurrido en instancia anterior y resultó, de nuevo, en cadena perpetua.

Actualmente Marcel Barbeault sigue en prisión y forma parte de uno de los presos más antiguos del sistema penitenciario francés en la actualidad. Y en todo este tiempo, desde el arresto del mismo, no ha vuelto a aparecer ningún crimen del tueur de l’ombre.

Análisis y conclusión.

El caso Barbeault es un caso extremadamente curioso y difícil del que incluso aquellos que directamente participaron en él aún albergan dudas y preguntas sin resolver. La falta de medios existentes por aquel entonces, como los análisis genéticos, posibilitó en buena medida el actuar del asesino a lo largo de siete años pero, aparte de ello, intervienen una serie de peculiaridades que dejan una cierta perplejidad al observador.

En primer lugar, el fundamento de los crímenes atribuidos a Barbeault permanece turbio, así como la propia personalidad del individuo. Se conjetura que la pérdida de su madre hubiere podido ser el detonante, el origen de una ruptura psicológica en el sujeto, que estuvo a su lado y la vio morir en sus brazos tras un largo y pesaroso cáncer de mama que, de hecho, había conllevado la ablación de los dos pechos inútilmente. Podría ser que el traumático suceso, la especial relación que unía al hijo con su madre, y la propia personalidad del mismo crearan una mezcla lo suficientemente peligrosa como para que, en el momento de buscar un desahogo a su frustración, proyectara el mismo en la muerte de otras personas.

Concretamente mujeres serían las víctimas prioritarias del asesino de las sombras, mujeres con cierta similitud morfológica con la madre de Barbeault. Se entiende que ésta pudiera ser el símbolo del tormento motor de las pulsiones homicidas en el sujeto que, en un primer momento, se lanzó un tanto inhabilmente a “la caza” hasta consumar su acto y, posteriormente, entró en la espiral observable en ciertos asesinos en serie donde se va creciendo en experiencia a la par que en violencia, y parece que la necesidad de satisfacción por la violencia del acto criminal crece desbocada, haciendo que el modus operandi inicial sea insuficiente.

Por otro lado, otra peculiaridad es que l’assassin de l’ombre no parece ser un sádico. El dolor no es el fin buscado, la muerte es rápida e impersonal, es una ejecución. Sólo cambia esto hacia el final, con la agresión a punta de cuchillo. Así pues, se puede entender la hipótesis de Neveu al determinar que el asesino era un voyeur, pues parece que lo buscado es el ritual posterior, el examinar el contenido de los bolsos de las víctimas, el desnudarlas, parece una suerte de ataque a la vida como medio para un ataque a la intimidad, la posición de poder no acaba en la disposición del fin de la vida de la víctima, sino en el conocimiento de la intimidad de la víctima, la supresión de sus secretos, su cuerpo, su vida personal y familiar

Otro aspecto curioso sin duda es la insistencia impenetrable e imperturbable de Barbeault, que mantendría por siempre su versión, casi estoicamente, defendiéndose como un inocente pudiérase decir, salvo que no pienso que sean tantos los inocentes que conservan ese aplomo cuando son acusados en falso ante la Jurisdicción. Y si fuera él el asesino, como determinaron dos juzgados populares, más intrigante sería, desde luego, la perfecta bipartición de roles entre el Barbeault asesino y el Barbeault padre de familia pues, según se entiende si se cree a la esposa del condenado, nunca dio éste señales claras de su actividad victimaria ni se comportó extraña u anormalmente.

También hay que tener en cuenta, en este sentido, la distancia temporal entre la comisión de unos asesinatos y otros pasado el año 1969, que hacía no sólo la investigación policial mucho más difícil, sino también que fuera mucho menos perceptible, podemos suponer, cualquier anormalidad en la vida familiar.

Parece legítimo imaginar que Barbeault fuera realmente el asesino que aterrorizó y fascinó a toda Francia en la década de los 70, el primer asesino en serie “a la americana” del país sabiendo que, a partir de su arrestación no se volvió a saber nada de crímenes con la misma firma. No obstante es cierto que, hasta que él mismo no se decida a confesar los hechos, siempre quedará en la mente de todos aquellos que conocieron del caso la pequeña duda sobre la identidad y, sobre todo, la experiencia subjetiva de la comisión de tales actos, así como el por qué de los mismos.


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