El Asesino de las Sombras, Parte II: La investigación de Neveu.

Región de l'Oise

Desde el principio de la investigación 250 gendarmes y 50 inspectores estaban movilizados en la región. Se realizaron cientos de entrevistas, numerosos registros, búsquedas minuciosas, nada fue dejado al azar con el inconveniente de que cada nuevo asesinato obligaba a los investigadores a retomar el caso desde cero. Las pistas por su parte eran de una ayuda muy relativa: un cabello oscuro del que no se sabía si pertenecía al asesino con seguridad, una huella de bota de talla 42, algunos casquillos de bala de carabina, una cuerda y el testimonio de Micheline Mérienne, quien había entrevisto al asesino de su madre. Por su parte, los expertos psiquiatras trataban de trazar un perfil de la personalidad del misterioso autor de todos esos crímenes lo que les condujo a imaginar a una especie de monstruo solitario, con una sexualidad altamente anormal, incluso impotente, que hallaba un desahogo a sus pulsiones y su frustración sexual en los crímenes y el ritual de desvestir a sus víctimas. Las pruebas de balística por su parte probaron que el asesino había empleado varias armas.

El inspector Neveu, por la lectura del enorme fichero del caso, que había ido agrandándose desde 5 años atrás, constató que los crímenes sin motivo aparente habían sido cometidos en base a un mórbido ritual: durante la fría noche, un golpe con un objeto contundente para dejar inconsciente a la víctima, y un disparo. El último asesinato hasta la fecha, el de Josette Routier, presentaba no obstante una particularidad: se había empleado un cuchillo con un objetivo aparentemente sexual, lo cual significaba una innovación en la forma clásica de operar del sujeto, que no había mostrado anteriormente ningún tipo de interés aparente por la víctima desde una connotación sexual.

Con la llegada del comisario Jacob a la sede de la Policía Judicial de Creil en 1975 los policías comenzaron a trabajar a una mayor escala. Un centenar de investigadores registraron la región hasta en sus últimos recovecos. Se llevaron a cabo seis declaraciones, 92 registros fueron ordenados y hasta 1000 personas fueron interrogadas, desafortunadamente, sin resultado.

El 26 de noviembre de 1975 un habitante de Nogent-sur-l’Oise originario de Portugal se presentó en comisaría afirmando que, desde el día anterior, se encontraba sin noticias de su sobrina, Julia Gonçalves, a quien acogía desde hacía 4 años. La rutina de la joven de 29 años consistía en coger el tren de las 6.09 am para ir a trabajar a la tintorería. Para llegar a la estación, la joven atravesaba un extenso jardín público en pleno centro de la ciudad. Al día siguiente, un empleado municipal que barría las hojas caídas a la orilla del riachuelo que atravesaba el jardín enganchó con su rastrillo el cuerpo sin vida de una mujer morena. Julia Gonçalves se hallaba desnuda desde las rodillas hasta por encima del pecho y su defunción, según el médico forense, se remontaba a dos días, es decir, al 25 de noviembre.

Con toda probabilidad el asesino estuviera acechando en la oscuridad de la madrugada, esperando a que la joven se cruzara por su camino, entonces le habría golpeado la cabeza como a las demás y la habría ejecutado de un disparo de carabina en la nuca, posteriormente la desvestiría y dejaría tal y como se la halló. Horas después de dicho hallazgo los policías encontraron la bolsa y la falda de la víctima, ocultas bajo un montón de hojarasca.

El comisario Jacob recibió a un testigo ocular tras este asesinato. Según su declaración, la persona había visto sobre las 5.45 am, en el parque, a un hombre inmóvil oculto tras el follaje. Iba ataviado con ropa oscura, tenía el pelo negro y era más bien atractivo. Pero por encima de todo ello, lo que había marcado al testigo había sido la mirada del individuo, al igual que a Micheline Merienne hacía ya 6 años.

Conforme avanzaba su investigación, el inspector Neveu elaboró una hipótesis sobre la serie de asesinatos atribuidos al tueur de l’ombre. Desde hacía ya 7 años, decenas de robos habían sido cometidos en la región. Concretamente en la noche del 10 de agosto de 1973 -meses después del asesinato de Annick Delise con un calibre 22- un recinto había sido visitado por un ladrón que se había llevado un transistor, un reloj, un bote de cerezas y una carabina. El inspector destacó a su vez una serie de detalles intrigantes respecto a ciertos robos: al igual que con el asesinato de Josette Routier -el penúltimo en fecha, enero del 74- una manta había sido tendida sobre la ventana para tapar la entrada de luz. A su vez, antes de abandonar el lugar, el ladrón había extendido bien a la vista las fotos de la familia que halló en el hogar. De ello se podía deducir que el autor no solamente robaba, sino que además era un voyeur. Esto último también se correspondía con el asesino de Nogent, quien registraba las pertenencias de las mujeres que asesinaba, apoderándose de objetos generalmente de valor escaso pero con cierta connotación personal o relacionados con la vida de la víctima. Para Neveu, pues, el ladrón y el asesino eran la misma persona.

En la mañana del 6 de enero de 1976, Françoise Jakubowska, una joven de 21 años, morena, secretaria administrativa, abandonaba su domicilio en el que vivía con sus padres para dirigirse a su puesto de trabajo. Todavía estaba oscuro y la lluvia comenzó a arreciar durante el camino a la estación de Villers-Saint-Paul, cerca de Creil. Un hombre se abalanzó sobre ella súbitamente y le asestó entonces varias puñaladas de violencia inusitada en el pecho. A continuación le apuntó con el cañón de una carabina calibre 22 y disparó alcanzándola en la cabeza. Seguidamente, desnudó a su víctima desde las rodillas hasta el pecho, le arrancó las medias y deslizó su ropa interior hasta los tobillos. Cumplido su objetivo, el asesino desapareció sin dejar rastro. A media tarde, una mujer alojado en un hotel cercano encontró un bolso de mujer tirado en el suelo. Avanzó algunos pasos y se dio cuenta de que la hierba estaba cubierta de sangre, unos pasos más adelante descubrió el cadáver de Françoise.

A pesar de las escasas pistas, parecía muy probable que se tratara, de nuevo, del asesino de las sombras. La prensa parisina, los canales de televisión y la radio mandaron, una vez más, a sus reporteros a toda prisa para cubrir el misterio que llevaba desde el año 1969 persiguiendo y apasionando al país. María D., una mujer portuguesa de 35 años, declararía en tiempos siguientes a los investigadores que había sido seguida y observada por un hombre grande y moreno, cuyo rostro se ocultaba tras una bufanda. En todas las ocasiones, ello había ocurrido entre las 4 y las 5 de la mañana, cuando se dirigía al trabajo, hasta un día en que decidió hacerse acompañar. El hombre entonces desapareció sobre su ciclomotor sin dejar rastro. La testigo declararía, al igual que los demás, la mirada penetrante del individuo.

Durante los meses siguientes, los rumores más diversos recorrieron la región. Algunos afirmaban que las dos últimas víctimas habían sido encontradas degolladas y destripadas, otros hablaban de la influencia de la luna llena sobre el “monstruo” provocándole una locura asesina. Lo que sí era cierto es que todo el mundo estaba seguro de que la caza del depredador no había terminado todavía. No obstante, el arresto del presunto tueur de l’ombre puso fin a los rumores a mediados de diciembre de 1976.

El comisario Jacob había recibido una llamada anónima indicándole que el asesino que buscaba era un antiguo empleado de los “Etablissements Rivière” en Creil, que había estado en la guerra de Argelia, que había practicado boxeo, que estaba casado a una mujer rubia y que no poseía permiso de conducir. Además, según el hombre del teléfono, el asesino era también un ladrón. El inspector Neveu, por su parte, ya había establecido una lista de 150 sospechosos y, tras la denuncia telefónica, añadió a la misma seis nombres.

A continuación, el inspector retomó el doble asesinato de Mauricette y Eugène. Para Neveu ese era el único caso que no se correspondía con el patrón ni las costumbres del asesino, él nunca había matado anteriormente ni posteriormente a un hombre. Ello condujo al investigador a deducir que probablemente en ese momento de la noche no estaba de caza, sino que había sido sorprendido en un lugar que quizá visitara frecuentemente y le era familiar, el cementerio de Laigneville. Una pista vino a apoyar la hipótesis de Neveu. Unos días después del doble asesinato, al lado de un grifo de agua del cementerio, la policía había encontrado una bala de calibre 22, probablemente caída del bolsillo del asesino mientras se agachaba a lavarse las manos. En plena noche, Neveu trató de encontrar el grifo y le fue imposible, de ello concluyó que el asesino debía conocer muy bien el lugar pues incluso gente que pisaba habitualmente la necrópolis desconocía de su existencia.

De su investigación conjeturó que el asesino de las sombras debía ser alguien que visitara regularmente el cementerio para mantener la tumba de un pariente. A continuación realizó una lista de 2500 personas que respondían a ese perfil que le permitió cruzar la información y recortar la lista a un décimo de la inicial. En noviembre, tras múltiples verificaciones, sólo quedaron 50 nombres en la lista de sospechosos. Azuzados por la necesidad de perseguir la pista antes de que se borrara y, sobre todo, antes de que el invierno y la lluvia enviaran al asesino a buscar una presa, los investigadores comenzaron a visitar a las personas una por una.

El hombre sobre quien pesaban más sospechas fue inocentada, así como los tres siguientes. El quinto sospechoso era un buen padre de familia, obrero en Saint-Gobain, 35 años de edad. Vivía con su mujer y sus hijos y se encontraba con ellos cuando fue arrestado. Su nombre era Marcel Barbeault.


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