Asesinos de animales, asesinos de hombres.

Y cada error con una vida será pagado.

No salgo de mi asombro ante la crueldad del hombre, y me imagino que es buena señal a la par que mala, buena pues atestigua de que conservo mi humanidad, y mala dado que los sucesos que se renuevan cotidianamente muestran cierto esfuerzo por arrebatarme todo tipo de empatia mediante el desgaste de mi tolerancia al horror.

No pretendo hoy extenderme particularmente -aunque no garantizo nada- pero sí comentar algunos de mis hallazgos de hoy, a falta de tiempo y energías para desarrollar los temas con la calma y meticulosidad que se debe. Así pues, durante la tarde me dediqué a leer con atención un escalofriante caso de unos jóvenes de quince a dieciséis años que en su día, torturaron de forma salvaje y despiadada a un pobre animal callejero sin mediar justificación racional alguna. Todo ello con el debido soporte audiovisual, es decir, grabación del espectáculo con un teléfono móvil -parece ser la tendencia actual- y multitud de fotografías en alta resolución del ritual de mutilación del pobre animal.

Más horroroso todavía resulta el hecho de que, a pesar de lo que se pudiera pensar, dichos individuos no presentan el perfil de joven problemático, traumatizado o con un pasado tortuoso. Nos encontramos ante un caso donde la violencia brota, inexplicable, despiadada, espontánea, y se descarga sobre un ser totalmente desvalido e indefenso, como puede ser un perro. Pero quien dice un perro, puede perfectamente decir un niño o una persona mayor, o un minusválido, o una persona con graves taras psíquicas… cualquier colectivo particularmente expuesto podría haber sido objetivo -o pudiera serlo en un futuro- del mencionado ataque, pues este se caracteriza por la especial sumisión de la víctima y su simultánea transformación en un mero objeto.

¿Cómo evitar pensar que, si unos jóvenes sin aparente predisposición al crimen por causa alguna socialmente explicable, han sido capaces de cerrar a su ser de cualquier sentimiento de misericordia, piedad, compasión o sufrimiento ante los probablemente numerosos y desgarradores aullidos de sufrimiento del animal, no vayan estos mismos a cometer atrocidades mucho peores en un futuro? A tener en consideración en este sentido el hecho de que numerosos asesinos en serie y grandes sádicos de la historia de lo inhumano han comenzado su carrera delictiva con mutilaciones y comportamientos aberrantes hacia animales.

Cabe tener en cuenta, a su vez, lo siguiente: la pena por provocar a un ser humano la muerte previa tortura podría oscilar, según el caso y el arbitrio de los tribunales, entre los 15 y los 25 años de prisión según se observaren unas circunstancias u otras. El equivalente hacia un animal representaría una pena que oscilaría entre tres meses y un año de prisión -todo ello para adultos-. Como se ve, un abismo penal que, si bien es discutible, nos muestra quizá una cosa ante todo y es que ante determinadas conductas el Derecho se encuentra prácticamente maniatado: pues es presumible que alguien capaz de hacer ejercicio de tal frialdad y de tal capacidad de desvincularse de lo atroz del propio acto está en perfectas condiciones para pasar a experimentar con sus semejantes persiguiendo esa euforia, esa embriaguez, resultante de liberar a la bestia sedienta de sangre que se ha albergado durante tantos años dentro de sí. Ante esto, la Ley actual no parece tener capacidad de intervención real en sujetos con una peligrosidad latente fuera de lo común y de quienes sólo queda esperar que tengan una aparición de la Virgen María y se vuelvan santos súbitamente.

No obstante, a veces, lo que no hace la Justicia lo hace el pueblo, para bien o para mal, y es cierto que este suceso antes descrito ha debido generar un gigantesco efecto estigmatizador en los jóvenes, que fueron objeto del odio, el desprecio y la aversión de todos los habitantes de la zona donde habitaban -debiendo la policía ponerles protección- y, de hecho, de prácticamente todo México. Nadie les hubiera llorado si se les hubiera tratado de análoga manera a como ellos habían tratado a la pobre bestia salvo, quizás, sus padres.

Pero es probable que en nuestra búsqueda de la justicia y de no tratar a los criminales de la misma forma que ellos han tratado a sus víctimas, puede hacernos que se nos revuelva el estómago ante ciertas conductas que, al fin y al cabo, quedan prácticamente impunes desde una óptica legal. No defiendo el “ojo por ojo” institucionalizado, pero considero que queda trabajo que hacer para llegar a un Derecho satisfactorio y realmente acorde con un principio de proporcionalidad, así como más certero en su actuar al individualizar la pena al delincuente concreto.

¿No habrá alguna forma de actuar de forma más ágil y pronta ante individuos cuya conducta ya pide a gritos que se les extraiga y extirpe del camino en el que están enfrascados sin tener que recurrir a meterlos en un recinto penitenciario ya a rebosar donde, con casi toda seguridad, no encontrarán la humanidad de que carecen?


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