¿Son nuestras cárceles viables?

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¿Es nuestro sistema penitenciario viable? Esa es la pregunta que se formulaba en un plató de televisión francés esta noche como tema de debate. ¿Cumplen las prisiones la función de ideal resocializador que se les pretende atribuir? Sin duda son cuestiones que sobrepasan las particularidades de la nación y que serían perfectamente legítimas y dignas de debate en nuestro propio país, así que parece que la reflexión procede.

No son pocas las voces que claman que el sistema penitenciario tal y como lo conocemos y practicamos atraviesa una importante crísis. Las cárceles están llenas a rebosar y la demanda no cesa, la reinserción de los reclusos parece del orden de la utopía en buena parte de los casos -y no hablamos sólo de personas manifiestamente inadaptadas y no reinsertables-, la violencia entre internos o por parte de los servicios de “seguridad” dentro de los centros es un serio problema al igual que la tasa de suicidios de presos que, en otras condiciones, posiblemente hubieran podido reconstruirse. Sumado al gravísimo efecto estigmatizador de las cárceles, que prolongan la “privación de libertad” hasta mucho más allá del cumplimiento de la pena impuesta, tenemos que la concepción de la prisión alcanza todo su carácter de “mal necesario”.

Ahora bien, ¿podemos prescindir de la prisión? Pareciera que la opinión mayoritaria fuera que no, que hoy por hoy no hemos encontrado un sistema alternativo viable. Aparte de ello es cierto que determinados individuos probablemente son imposibles de reinsertar y la misma prisión no sirva de otra cosa aparte de para afianzar unos rasgos personales ya presentes y pulirlos con el “estilo carcelario”, hablamos generalmente de personas que en seguida se sienten como pez en el agua dentro de una prisión. Seguramente dichos individuos no son realmente aptos para la vida en sociedad y ningún programa de formación o instrucción pudiera solventar ese vacío.

Pero, ¿y aquellos que han cometido un error en su vida, a veces muy grave, con la mala suerte de no haberlo cometido mientras la ley de menores aún los cubría? ¿Qué hay de aquellos individuos que, por circunstancias varias, distintas de una manifiesta inidoneidad para la vida en sociedad, terminan en prisión por hechos más o menos graves y que nuestro sistema termina de hundir en la más profunda de las miserias hasta, finalmente, destruirlos? Pues en la mayoría de los casos, no parece que sea la prisión la que reinserta, sino la esperanza de volver a lo que hemos perdido del mundo exterior: la familia, la pareja, los hijos… ese vínculo actúa de luz al final del túnel esencialmente y eso es precisamente lo que en ocasiones se arrebata y neutraliza, generando un real desamparo en el preso, cuya comprensión del porqué de la reclusión quedaría, parece, ocultada por la desesperanza y el sinsentido de existir sin libertad y sin motivos de querer recuperarla.

Es cierto que hay una necesidad de castigo, así como de un efecto disuasorio sobre la sociedad y el delincuente en potencia, pero quizá existan otras maneras igual de válidas de alejar del delito a los delincuentes “primarios” así como de conseguir que, los que ya han delinquido y vuelven a la libertad, no lo hagan con tanta ira acumulada hacia un sistema que jamás los comprendió -que no se trata de perdonar, sino de comprender- ni supo actuar respecto de su caso, que acaben cayendo en la reincidencia lo cual no beneficia precisamente en términos de prevención del delito.

En definitiva, y sin pretender aportar unas soluciones que están bien lejos de mi competencia y capacidad, pienso que las prisiones parten de un ideal no demasiado malo, pero se han vuelto inviables y poco satisfactorias para cualquiera que no acepte de forma tajante la idea de que las personas que delinquen son como las manzanas podridas y han de ser sacadas del tiesto, o como esos resíduos nucleares, que enterramos y mantenemos lejos de nuestro pensamiento obviando que, quizá algún día, tengamos que enfrentarnos a un problema mucho mayor. Se tiende a escuchar quizá demasiado a la voz popular que siempre -sobre todo ante la excesiva alarma social generada por los medios de comunicación- pide y pedirá sanciones más duras para saciar su inacabable apetito de seguridad y de venganza hacia el que, una vez calificado de criminal, se ve casi revocado de su humanidad pasando a encarnar, a ojos de los demás, el mal y la amenaza a una sociedad pretendidamente sana.


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