¿Evolución dice usted? Homo Homini Lupus.

Homo homini lupus.

Descubrimiento de última hora: el ser humano tiene una despreciable naturaleza. No, ahora, fuera de bromas, venimos sabiéndolo desde que existimos como especie sobre la tierra y aun no le hemos puesto remedio. ¿Evolución dice usted? Inmovilismo digo yo. Y es que dudo mucho que el porcentaje de personas que son un bien en sí mismas, un claro exponente de las bases sobre las que hubiera de sustentarse el progreso, haya ido incrementándose con el paso de los siglos. Más bien pienso que, pese a que nuestras reglas del juego -nuestras leyes- puedan haber ido progresando y mejorando con el tiempo, encauzando a la sociedad por mejores vías en cuanto a movimiento de masas, el individuo, como tal, posiblemente no sea más digno de elogio que lo fue en la Edad Media o en los tiempos del Neolítico.

Fratricidas, embusteros, tiranos, esclavistas, sádicos, violadores, asesinos: siempre los ha habido, y no parecen haber cambiado las tornas. Parece inherente a la naturaleza humana esa reconducción del todo al ego. Desde siempre lo que nos es externo nos sirve para satisfacer lo que nuestro interior nos reclama, a veces con consecuencias nefastas. Hasta la conducta entregada a los demás podría reinterpretarse desde una óptica totalmente egoísta y a algunos les molestaría, pese a que los resultados fueran los mismos.

Hoy por hoy hemos asumido nuestra condición de hombres libres con derecho a elegir nuestra forma de actuar. Normalmente ante circunstancias normales nos encontramos rodeados de “buenas” personas, personas que bien asentadas en su condición de ejemplariedad, se permiten el lujo -como todos nos permitimos- de juzgar al otro. No obstante, ante situaciones complejas, delicadas, ahí es donde sale a relucir el individuo, mostrándose con la figura del “cazador cazado”. Los peores instintos afloran, el innatismo, ocultado por los años de correcta socialización, retoma su trono legítimo en la conducta del hombre, los axiomas simplistas del individuo saltan a la arena. Personas que pensábamos eran un trozo de pan muestran facetas despreciativas, arrogantes, despiadadas, desprovistas de humanidad.

Esto no ha de producirse durante intervalos largos ni tiene que ser definitivo forzosamente. Baste con un momento diferencial en el que los esquemas se rompen y aflora ese yang de nuestro ying. La cara oculta se muestra aún fugazmente, y no lo hace con buenos ojos. El padre de familia se vuelve un maltratador y un tirano, el cónyuge en un embaucador, el amigo en un desconocido, el hermano en un traidor, tu hijo en tu verdugo. Y es aterrador, señores, lo bien que matamos comparado con lo mal que amamos y respetamos.

Uno de los mayores ejemplos del cómo vive el ser humano se da cuando lo dejas campar a sus anchas durante varios miles de años y luego  miras en sus ciudades cómo transcurre su cotidiano. Ahí está una de las primeras señales de la despreciativa naturaleza humana: los marginales. Son la sombra de nuestra evolución, el contrapeso de nuestra civilización, la negra mancha de nuestro expediente. Percibidos como tales, tratados como tales: la mendicidad aparece como indigna de atención en el mejor de los casos, donde el homo sapiens hace gala de su indiferencia de más alto nivel. Casos aún más refinados en el arte del desprecio llevan al individuo, convencido de su superioridad, a emplear a vagabundos y mendigos como si de sacos de basura se tratara, tal y como se ve también con los retrasados, los niños, los enfermos…todo sea por reafirmar la propia superioridad a costa del débil que, a ojos del tirano, pierde toda cualidad humana para ser transformado en objeto de entretenimiento.

Y lo cierto es que, en resumidas cuentas, a estos hombres nadie los echa de menos, nadie haría nada por ellos porque son el reflejo de nuestra vergüenza, de nuestro fracaso, de nuestra insignificancia, de nuestra miseria. No sólo nos recuerdan la suerte que tenemos -cosa que detestamos, pues preferimos sentirnos desgraciados y que todo el mundo nos consuele- y que podría cambiar en cualquier momento, sino que, sobre todo, nos recuerdan cuán despreciables somos y cuán incapaces somos de vivir en sociedad sin que los engranajes del motor social arrastren a muchos consigo. Asimismo nos traen un importante peso a la conciencia al constatar que los valores que pensábamos haber hecho nuestros, como la piedad, la misericordia, la compasión, el respeto… todos esos valores que pensábamos nos humanizaban, en la práctica se ven reducidos a poco más que una mirada de soslayo y un gesto de disgusto.

Así hemos crecido como especie, contemplativos, apáticos, insolidarios, mezquinos, absorbemos y banalizamos el dolor, el sufrimiento y la muerte de otros. Incluso nos entretenemos con ello, como siempre hemos hecho. ¿Qué os separa a vosotros, Hombres Buenos, de aquellos que habéis encerrado y excluido por inadaptados? ¿No tendrá que ver acaso con un simple concurso de circunstancias? ¿Cuántos de vosotros, que predicáis con el ejemplo, seríais dignos de un mundo libre de la amenaza de la retribución de vuestros actos?


One response to “¿Evolución dice usted? Homo Homini Lupus.

  • Yunni

    “A los 15 años cualquier hombre ha hecho méritos para subir al patíbulo. A los 40 todos hemos sufrido lo suficiente como para merecer el cielo”. François Villon

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