Sobre las Iglesias, sus devotos y la naturaleza humana.

La crítica de hoy tomará forma de anécdota, que lo hará espero más ameno y entendible, a la par que menos abstracto, si bien no menos severo. La temática de hoy versará sobre las paradojas de la Fe, y sobre todo de quienes las profesan. Y de cómo en el día a día, en lo que pasa pudiéramos decir desapercibido, se encierran profundos y preocupantes problemas que son inherentes parece ser a la misma naturaleza humana, fuera de todo contexto histórico cultural. Sin más preámbulos que comience la narración.

Los acontecimientos a narrar probablemente quien los lea pueda, en ciertos momentos, percibirlos como próximos o conocidos, pues no es algo desconocido del común de los mortales de esta cultura en la que, para bien o para mal, estamos inmersos. Así, me encontré a mí mismo en la situación de tener que acudir a un bautizo por razones que no vienen al caso pero que desde luego no derivan de una afinidad personal por cualquier tipo de fe ni, en concreto, la católica. Afortunadamente no en calidad de padrino ni nada remotamente parecido, sólo como espectador.

Desconocedor absoluto de las costumbres y las susceptibilidades de quienes profesan dicha fe, decidí no equiparme de mi cámara de fotos. Detalle sin importancia pero desafortunado ya que hubiera podido sacar unos cuantos clichés interesantes puesto que nadie se molesta ni en moderar el uso del flash en una Iglesia perfectamente iluminada. Pero esto es sólo un paréntesis, sigamos.

Llegué a la plaza frente al mencionado lugar de culto y pude ver lo típico: personas vestidas “de domingo”. Camisas, corbatas, chaquetas, foulars, vestidos llamativos y coloridos, zapatos de tacón, toneladas de maquillaje y peinados de peluquería. Lo típico mire usted, hay que estar monos para el Señor, no sea que se ofenda y derrumbe el techo del recinto sobre los feligreses.

¿O será por razones bien distintas, más parecidas a ese instinto animal de “lucir”? Como las aves con su plumaje ostentoso, las personas subliman el instinto de competencia y crean el “aparentar”. Valor inherente al humano, generalmente desprovisto de otras cualidades, que necesita de esa constante, fútil e insignificante batalla tácita para reconfortar su ego. Un verdadero fenómeno social presente en cientos de otras conductas paralelas como la de hacer rugir un motor en un semáforo en rojo, siendo la segunda , eso sí, bastante más molesta.

No obstante, nada inusual o inaudito hasta aquí, todo dentro de los cauces de la normalidad y lo previsible. Tras arrepentirme reiteradamente de no haber desempolvado la réflex y habiendo asumido que cualquier resistencia sería contraproducente me dejé guiar hacia el interior de la Iglesia que, a título orientativo, tan sólo había conocido hasta aquel entonces desde el exterior, sin franquear jamás el umbral de sus regias -y laterales- puertas.

En ese preciso momento llegaría uno de los primeros detalles divertidos aunque susceptibles de provocar cierta vergüenza ajena. Tras encontrar cierta resistencia a mantener abierta la puerta que amablemente sostenía la persona que me precedía para intentar entrar, decidí encomendarme al mismísimo Amo del Cotarro y adentrarme en sus dominios a riesgo de ser guillotinado ahí mismo por un portón que se movía de forma un tanto antinatural y porqué no decirlo -Carmen- diabólica. ¿Acaso no es misterioso?

Pues en realidad no. No pues el caso era tan simple en realidad como que una señora, visiblemente ofuscada por la ofensa resultante de dejar una puerta entreabierta en plena misa dominical durante el espacio de unos diez o doce segundos, empujaba ella misma, con una fuerza y decisión que ya las hubiera querido Conan el Bárbaro para sí a esa edad. Una vez comprendida por su parte la razón de porqué mantener abierto dicho acceso -véase: dejarme pasar- se limitó a cesar en su diligencia de Divina Portera con el poco convincente murmullo de “Ah, bueno…” y la consiguiente mirada torva y despectiva.

Curioso es, no obstante, apreciar que la fe debe tener un cierto je ne sais quoi que permite a los individuos, no sólo reconocerse entre sí, sino automáticamente reconocer a los extraños y adoptar la necesaria actitud de defensa pasiva agresiva. ¿Y esto porqué? Bueno, que cualquier persona no creyente se presente en tales circunstancias al interior de una Iglesia y me cuente luego cuántas personas le dirigieron miradas hostiles. Yo personalmente me sentí como ante el Ojo de Sauron, casi podía oír un tenebroso “¡Te veeooo, impío hijo de Satanáááááás!”. En no “tolkiano” quiero decir que sentí como si esas personas tan devotas leyeran caracteres marcados a fuego en mi frente que rezaran NO-CREYENTE o frases de análoga significación y que, a consecuencia, activaran su hostilidad y desprecio. Si no lo queman a uno es porque está prohibido, bendita la Ley de los hombres.

No voy a criticar aquí la fe de las personas, de igual modo que no critico sus cánticos y oraciones que, por otra parte, me parecieron absolutamente ininteligibles o inaudibles dadas las circunstancias de la sala y, desde luego, generadoras de una situación bastante cómica para un externo -bueno, seamos sinceros cinco minutos, la palabra no es tanto “cómica” como “alarmante”-. Buen feeling con el cura a pesar de todo, eso sea tenido en cuenta. Lo que yo critico no es la devoción, sino la ceguera y el  comportamiento absolutamente gregario y para nada autónomo de las personas, lo cual es de aplicación tanto a creyentes como a ateos, agnósticos o adolescentes -¡Ouch!-.

La ceremonia y el bautizo pasarían sin más incidentes ni acontecimientos destacables. Paciencia de Santo, eso sí, la del señor cura al hacer participar a unos ocho niños en el procedimiento religioso, realmente intachable viendo los diablillos que tenía que guiar con gesto imperturbablemente amable aunque sensiblemente cansado en ciertos momentos.

Lo que realmente llamaría mi atención ese día, y no en el buen sentido, sería lo que ocurriera a continuación, una vez fuera de las santas estancias. Fuera, tras cinco minutos de respirar aire fresco y disfrutar del positivo cambio en la meteorología, un hombre con probablemente buena intención y poco seso comenzó a lanzar chucherías y monedas de 1 a 5 céntimos que, a buen seguro, no hicieron ninguna gracia a quienes las recibieran en la cabeza, más de uno se volvió con un aspecto un tanto antipático aunque diría que en parte justificado. Pero bueno, ello sólo importa accesoriamente. No sé si será frecuente, pero ese día había un señor con una cesta de mimbre de pie esperando a recibir la caridad que los buenos cristianos pudieran en todo caso concederle -que ya adelanto, no fue mucha, y menos de cristianos-. En una escala del 1 al 10 del ranking de la mendicidad este hombre merecía un claro 10 por su dignidad e intachable comportamiento, discreto a más no poder y con una mirada extremadamente bondadosa en el rostro.

Bueno, llamadme loco, pero yo hubiera esperado un gesto de caridad hacia el hombre por parte de personas tan propensas a las lecciones de moral como son los creyentes de todo tipo y, desde luego, también del energúmeno que lanzaba las monedas al aire. ¿Qué costaba darle un puñado al señor de la cesta en señal de buena fe y caridad? Bien, pues los valores que la cristiandad tan insistentemente profesa brillaron por su ausencia ese día. El espectáculo se tornó sin que pudiera casi ser consciente de ello en una pantomima, una caricatura de lo que el hombre dice no querer ser y sin embargo acaba, inexorablemente, siendo.

Personas vestidas con ropa cara, perfumadas, peinadas, algunas de ellas con trajes expresamente adquiridos para la ocasión, correteando aquí y allá, agachándose y compitiendo como animales en busca de las miserables monedas de cobre. La dignidad no tiene precio, pues parece que algunos hace tiempo que la regalaron. Así es como la avaricia consume al individuo lejos de cualquier necesidad y le arrastra por el fango con total facilidad.

Lo peor es que es hereditario, pues poco después vería cómo un mocoso de tres o cuatro palmos de alto iría a tratar de arrebatar las tres o cuatro monedas de la mano del hombre de la cesta cuando éste, con toda humildad, se agachara a recoger aquellas que cayeron junto a sus pies. En ningún momento y bajo ningún pretexto vi a este individuo correr y arrastrarse como los demás, esos devotos que, sin duda, en su fuero interno están seguros de ser mejores que ese miserable al que por fuera compadecen y por dentro desprecian. Pues aun tuve que soportar la visión de aquel mocoso cazando céntimos sin un ápice de educación ni de respeto por nada ni nadie. Realmente una labor estupenda de educación e inculpación de valores importantes para el desarrollo de su personalidad por parte de los padres.

Desafortunadamente -o tal vez no- me encontraba a unos cuantos metros de distancia del mocoso, mejor para ambos bien pensado. Horrorizado ante el espectáculo en su totalidad no pude hacer otra cosa que pasearme unos instantes recogiendo unas monedas para, finalmente, entregárselas al señor de la cesta cuyas palabras de agradecimiento, así como el gesto conmovido de una persona que comprendió y apreció mi actuar, fueron la contrapartida positiva a la sordidez y vulgaridad que, a mi entender, ocupaba la plaza.

Como última nota de sinceridad, creo que diría que jamás me he sentido tan orgulloso de no profesar fe alguna, que cuando me demostré, aunque sólo fuera a mí mismo, que podía competir y “patear” ampliamente a los devotos de a pie en su propio terreno, a saber, en el actuar para el prójimo y de acuerdo con una estricta moral.

Quiérese aclarar, para concluir, que no se pretende criticar al conjunto católico ni a cualquier otro colectivo sea cual sea la fe que profese, sino simplemente poner de manifiesto cómo lo miserable en el ser humano es absolutamente independiente de creencias, religiones, togas o símbolos. ¿Nos olvidamos quizá demasiado de ello, por nuestra exacerbada necesidad de pertenencia?


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