Funcionarios, la paradoja de la sociedad.

Bien, hoy toca quejarse un poco, o más bien, digamos, denunciar una incoherencia de nuestro sistema tal cual existe, ésta es la figura del funcionario.

De antemano anunciar que nadie mejor que yo sabe hasta qué punto en la crítica al funcionariado pagan justos por pecadores al compartir el “mismo saco”, pero es inevitable y quienes realizan un trabajo dedicado y ejemplar no debieran sentirse aludidos. No obstante, el problema, es que son una inmensa minoría.

Hagamos repaso por encima. Estamos hablando de una persona en relación especial con la Administración que, a consecuencia de ello, contrae potestades suplementarias, privilegios y obligaciones. Ahí ya empieza a surgir el problema. Y es que para el funcionario, digamos, de base, las obligaciones jamás alcanzarán a los privilegios que su posición -por ridículo que pueda parecer hablar de la “posición” de un funcionario- les otorga.

El funcionario típico es un modelo de lentitud y de servicio mínimo indispensable que, por si fuera poco, además no sabe ser amable. ¿Pero en qué cabeza cabe crear semejantes individuos? Pues a pesar del componente innato de mediocridad que pueda existir en determinadas personas, no podemos sino pensar que su posición adquirida por su trabajo no hace sino reconfortarlos en una situación de apatía, indiferencia o, incluso, arrogancia. ¿Y esto porqué? Pues muy claro. Si tu a una persona le das lo suficiente como para no tener que preocuparse por llegar a final de mes, doblado de un empleo rutinario y poco exigente, le aseguras que mientras no cometa faltas intolerables será imposible que pierda su trabajo y le aseguras una posición gratuita de fuerza de cara al ciudadano medio… de ahí mayoritariamente salen abominaciones con mucha mala uva.

Por lo anteriormente citado es fácil de entrever que el funcionariado se acomoda en una posición estática, que a escala social a buen seguro lastra el necesario dinamismo que necesitaríamos en estos y en todos los tiempos. Pero hagamos hincapié en la tesitura económica actual, ya que estamos.

¿Cómo puede ser que no encontremos cadáveres de funcionarios de la administración en los vertederos cada dos por tres? Ello dicho metafóricamente, por supuesto, me sirve para ilustrar el hecho de que para alguien que pueda estar en la situación de tener que trabajar a destajo para sobrevivir y alimentar a su familia, con la incertidumbre de cómo saldrá al paso de los próximos días o meses y, para cerrar el ejemplo, si pensamos que ésta persona es además un autónomo que, por su condición y la diabolización absurda realizada de los empresarios en nuestro país -puesto que quienes pagan el pato son los PyMEs-, no tendrá siquiera derecho al paro; ése individuo con el agua al cuello resulta que por la situación que sea aun va a tener que enfrentarse con un idiota en un trono que se va a dedicar única y exclusivamente a ponerle cortapisas y a mirarlo con un aire de superioridad francamente mal disimulado. De ahí no puede sino nacer un más que comprensible instinto de agresión que, resultado del estrés acumulado, podría acabar fácilmente con un funcionario  trasladado al cementerio y un pobre tipo algo irascible llenando nuestras abarrotadas cárceles.

¿Cómo puede ser que nadie se haya planteado la inviabilidad del funcionario y la mancha que representa en el lienzo mal pintado de nuestras sociedades? Y ahí no acaba el problema, no sólo son unos incompetentes arrogantes -una vez más, generalizando- sino que, además, son muchísimos. Respecto de ello recuerdo algo que decía una profesora mía tan pronto como ayer.

Decía que, simple y llanamente, perdemos un dinero enorme a escala nacional manteniendo administraciones innecesarias o de poco interés con más personal del que sería necesario. Mencionaba el caso de un responsable de una diputación que había delegado a su vicepresidente primero para realizar determinadas tareas por una razón X. ¿Vicepresidente primero? ¿Pero cuántos necesitan en una diputación? ¿Veintidós para jugar al fútbol del poco trabajo que tienen a lo largo del día? El caso es que tenemos, a nivel local, una serie de organismos y administraciones absolutamente prescindibles que nos cuestan “una millonada” y, encima, acabamos pagando con una subida de IVA del 2% -“zas en toda la boca”- y casi casi un reproche que se nos quiere hacer tragar de que los culpables de esta situación hemos sido los ciudadanos por vivir por encima de nuestras posibilidades y ser, en definitiva, unos energúmenos.

De todos modos, afortunadamente para la clase política, el pueblo no sólo no sabe de rebelión, sino que parece que hemos emplazado a nuestros “representantes” en una cúpula elevada e impenetrable desde la cual, bajo el pretexto de “nos encargamos del país en vuestro lugar porque sois demasiado idiotas para hacerlo”, los señores y señoras acumulan salarios y observan desde las alturas cómo “los de abajo” pagan la factura de su incompetente -y a menudo improcedente- comportamiento.

Habiendo terminado de escribir tengo la sensación de que un tema ha derivado en otro, no obstante, considero que alguna relación guardan.


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