¡Consumismo del demonio!

Sí, habéis oído bien. Esa bestia que te atrapa cuando no tienes nada mejor en lo que ocupar tu cabeza, ese engranaje en el que cualquier amante de la informática, la tecnología y el entretenimiento audiovisual se ve rápidamente sumergido.

Y es que realmente es algo que, cogido sin la suficiente cautela o racionalidad se vuelve rápidamente obsesivo, porque en un mundo en constante avance técnico y creativo y con una sobrecarga de información tan importante, cualquiera con intereses particulares en ciertas actividades se ve, por el mero hecho de leer prensa especializada, atraído al consumo.

Bien sea por que los nuevos productos se nos venden como maravillas que incorporan componentes nunca vistos que hace dos días desconocíamos y que a partir de entonces consideramos como imprescindibles, bien porque la curiosidad perpetua nos empuje a necesitar probar todas esas cosas nuevas, o incluso -aunque en menor medida- se pudiera dar que un cierto gasto es condición indispensable para el desarrollo de determinadas actividades.

Ahora bien, ¿cómo frenar ese impulso irracional de comprar, comprar y seguir comprando? Bien, en realidad probablemente no sea tanto el hecho de comprar, que es una mera formalidad, un contrato necesario para obtener un fin, que es la adquisición y beneficio de un producto cualquiera, como la idea de necesidad mediante la cual justificamos dicha transacción, así como el temporal momento de euforia de la posesión de algo que no era nuestro momentos atrás. Decir que en apariencia parecería que el consumo como recurso para ampliar nuestras capacidades, ocupaciones o fuentes de interés surge, fundamentalmente, de una carencia de interés de cualquier otro tipo desconectado de la adquisición de bienes.

Simplificando, y sin tratar de darlo por auténtico, podríamos pensar que estar mentalmente ocupados y atraídos a diario por ocupaciones de cualquier tipo, ya sea social, intelectual, deportivo, artístico… nos mantiene alejados del consumo compulsivo e irrazonable, es decir, de los caprichos. Y digo los caprichos para desconectar el concepto de la actividad de consumo inherente al desarrollo de las tareas anteriormente mencionadas -pintar requerirá ciertos gastos cotidianos, al igual que estudiar requerirá por ejemplo la adquisición de libros o hacer deporte la suscripción a un gimnasio-. Ahora, no quiere esto decir que las personas ocupadas no son caprichosas, ni mucho menos, pero quizá podamos decir que, en líneas generales una persona de jornadas activas y múltiples intereses que la absorban y le sustraigan tiempo la mantendrán quizá más al margen de “todo lo que sale nuevo”, empujándola más bien a un ocasional consumo por necesidad y, de tanto en tanto, algún sano capricho por placer.

En cualquier caso es algo difícil de aproximar en toda su envergadura a ciertas horas así que no dilataré más el tema. Muchas más variables intervienen en el comportamiento más o menos consumista de una persona, y no menos importante es la capacidad de consumir, pero es posible que las personas con mayor tendencia a la instrucción, a la creación, al desarrollo de sí mismas, cuando encuentran el mismo lo suficientemente absorbente, puedan situarse un tanto más al margen de un consumo compulsivo aberrante que aquellas personas que necesitan compensar su aburrimiento mediante la emoción de la compra de un poco cualquier cosa.


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