De la Verdad y la Mentira.

Como habitualmente, llega la hora a la que las personas responsables y disciplinadas se van a descansar para prepararse para el día que se avecina. Yo sin embargo tengo vocación de ave nocturna y en cuanto anochece mi cerebro se estimula y el cansancio mental se atenúa mientras que el físico más o menos sigue su curso normal. En estas circunstancias y haciendo un paseo por mis webs favoritas me digo: “¿Y si escribo algo aunque sea irrelevante?”

No veo porqué me privaría.

Pequeña reflexión sobre la mentira entonces. Mentira, qué mal suena. Adjudicamos a conceptos como hipocresía, mentira, insinceridad y similares una connotación ciertamente bastante negativa, independientemente del contexto. La situación opuesta ocurre, como es natural, con los conceptos de sinceridad, honestidad o verdad.

Lejos de entrar a delimitar los límites de la verdad o la mentira, o si tales cosas en realidad existen, tengo una crítica que hacer que siempre me ha parecido evidente pero que a todas luces pasa inadvertida para mucha gente -si bien hay que ver con qué baremo medimos a la gente y qué esperar de ello-. La cuestión es: ¿no nos estaremos sobrevalorando cuando tachamos a otro de mentiroso? ¿No sobrevalorando el valor mismo de la eternamente buscada verdad?

Lo cierto es que muy pocas personas, por no decir ninguna, están preparadas para la obtención y la aceptación de la verdad, la honestidad o la sinceridad sin restricciones. Vivimos en un mundo real, en exceso seguramente, y la realidad que frecuentamos es generalmente el extremo opuesto del idealismo que en mayor o menor medida todos tenemos en nosotros. Así, el mundo que nos rodea muchas veces -evidentemente no únicamente- se vuelve una fuente de decepciones, tristezas, insatisfacciones y constantes golpes y reveses. Nadie está exento. Nadie está protegido ni siquiera de uno mismo. En consecuencia, es frecuente, por no decir constante, la actitud que tiende a alejarse de lo real para protegerse en lo imaginario, lo equívoco o lo irreal.

Empezando por las drogas, pasando por los cultos varios y terminando en las mismas relaciones interpersonales -o en el propio individuo-. Fraguamos nuestras vidas entorno a dulces mentiras que nos hacen la vida más fácil, y si no mentiras, desde luego tampoco verdades. Lo que decimos a los demás, de la misma manera que lo que nos dicen o lo que queremos oír, se pondera mediante factores que muchas veces poco tienen que ver con la persecución de la sinceridad o la verdad en cuanto el tema discutido denota una relevancia o conflictualidad tan sólo mínima. Omitimos voluntariamente informaciones por conveniencia o con fines de todo tipo. Ello complica las relaciones interpresonales, complica el contacto social, complica el vínculo del pueblo con la política, neutraliza la identificación del hombre con sus congéneres: traidores y mentirosos todos.

Pero es que visiblemente no sabemos actuar de otra manera. No sabemos vivir con la verdad -en tanto que podemos conocerla-, la búsqueda de la verdad es inútil a partir del momento en el que el propio individuo es incapaz de interpretarla porque no desea conocerla ni es capaz de asimilarla sin que ello suponga un hecho traumático. Y es que la verdad, como elemento intrínsecamente ligado a la realidad, también es a menudo profundamente dolorosa y decepcionante. Así que ¿a qué viene toda esa palabrería sobre el hombre bueno, sincero, auténtico, honesto? ¿A qué viene la crucifixión de aquel que, para su desventura, ha sido descubierto mintiendo?

Yo confieso preferir siempre la persecución de la verdad por encima de cualquier ilusión, me pase o no factura -que pasar pasa-, pero he de suscribir el leitmotiv de cierto doctor “Casa” cuando afirma de forma tajante: “Todo el mundo miente“. Sin duda alguna así es el caso. Y es tan destructiva a veces la voluntad de ser presuntamente honesto -en realidad una forma de encubrir que se es un maleducado cuanto menos- como protectora una mentira en el lugar y momento adecuado.

Así es que no veo que, una vez más, la colectividad esté en lo cierto con respecto a sus a prioris e ideas preconcebidas binarias de bien y mal -tan cristiano todo ello- en las que mentir es malo y decir la verdad es bueno. No son propiedades intrínsecas de dichas acciones, los actos y las circunstancias las hacen benéficas o ruines.

Muchos debates podrían surgir de ello, como si la clase política debería decir siempre la verdad, lo cual es matizable, pero creo que deberían empezar por decirla de vez en cuando, nos sacaría de la rutina. En cualquier caso, para que no parezca que hago la apología del mentiroso mitómano tampoco, decir que yo para mí quiero la verdad, ¡o tanta como pueda permitirme abarcar sin sobrecarcarme!, y que el dia en que todos podamos asumir la sinceridad y la honestidad con entereza y estando, además, orgullosos de ello, ese dia que se largue el mentiroso, pues no es que sea más malo que el honesto, pero sí claramente inútil y obsoleto.

Sin más, hasta otro día.


One response to “De la Verdad y la Mentira.

  • Yunni

    Parafraseando a Nietzsche: “La verdad es fea, poseemos la mentira, porque de lo contrario pereceriamos a manos de la verdad”.

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