Sobre los sueldos de los políticos.

Ilustración por J.R.Mora

Mucho se está hablando en estos momentos de los sueldos que perciben los principales cargos políticos, así como el volumen de sus bienes y propiedades, debido a la publicación de los mismos. Los principales diarios del país han tocado el tema con mayor o menor detalle y el debate que ha inundado la red y, más ampliamente, la opinión pública, es interesante pero, probablemente, sesgado.

Por una parte tenemos un sector desencantado con el mundo político, que defiende la rebaja, incluso la equiparación de los sueldos de los políticos al resto de salarios. Entendiendo así que, para lo que hacen cotidianamente, les basta y les sobra.

Otro sector, al contrario, defiende la necesidad de que la retribución sea elevada. Lo suficientemente elevada para que las personas competentes sean pagadas como merecen y no “fuguen” al sector privado, a otro país, o se vean tentados por pasarse al “lado oscuro” de la corrupción.

Ambos argumentos aciertan y yerran simultáneamente, a mi parecer, y son reconciliables con una matización que, si no se hace, lleva al enfrentamiento artificial de dos ideas que en la realidad no están tan contrapuestas o son, en todo caso, armonizables. El punto común (y al mismo tiempo origen de todo este desaguisado) entre ambos posicionamientos es la adopción de criterios de meritocracia. Según esta premisa, cada uno recibe lo que merece, lo que da sustento a ambas ideas aparentemente opuestas de la siguiente forma.

a)Para unos, hecha patente la incompetencia profunda de una gran parte del sector político, así como su voluntad de perpetuar unos determinados intereses frente al diálogo con la sociedad que en teoría representan, es razón suficiente para considerar que faltan a su labor, lo cual invalida toda consideración de merecimiento. Si uno no hace su trabajo como es debido, no se merece los privilegios que dicho trabajo comporta. Por tanto, equiparación de sueldos, supresión de dietas o transporte oficial, etc…

b)Para otros, si alguien llega hasta presidente del gobierno, diputado, ministro o similar, ha de ser una persona ilustre, formada, con años de actividad y méritos notables, tanto en el sector público como el privado. Una persona con una o más carreras, que habla varios idiomas con fluidez, con capacidad de liderazgo…todo lo que se quiera. A partir de esas premisas, tal individuo, que en el sector privado haría las mil maravillas y ganaría a la altura de su competencia, ha de ser retribuido de manera satisfactoria, de forma que compense su permanencia en el obrar público.

No obstante, el principal causante de esta trifulca es precisamente la quiebra de la meritocracia. Si realmente todos pudiéramos presumir de un Gobierno y un Parlamento de catedráticos, doctores, pensadores, que han accedido precisamente por su carrera excepcionalmente meritoria, probablemente otro gallo cantaría. Ahora bien, cuando sabemos que una buena parte de los cargos públicos de cierta importancia son susceptibles de ser alcanzados mediante la dedocracia, es decir, con la total arbitrariedad del nepotismo y el amiguísimo, hay razones para considerar un recorte masivo de los privilegios de esta gente. Este hecho es precisamente el que invalida la segunda de las líneas argumentales, correcta en la teoría, frustrada en la práctica.

No obstante, la conciliación entre ambos argumentos puede darse mediante la distinción entre cargo y persona públicos así como el establecimiento de un estricto sistema meritocrático. Básicamente consiste en decir que a pesar de que nuestro presente está a rebosar de personas concretas que no merecen ni la mitad de los privilegios que ostentan al pertenecer al sector público, ello no implica que dichos privilegios sean acertados para el cargo (la “silla”) que se les ha asignado. La cuestión es precisamente que los criterios de asignación han fallado y que, además, una vez que nos “encasquetan” a un determinado señor o señora en una plaza pública por Dios sabe qué razón, no hay quien se lo quite de en medio por muy incompetente, corrupto y chupatintas que sea.

Así las cosas, no sirve de nada perder el tiempo en ver quién tiene más dinero, porque el problema es otro: por qué tiene ese dinero cuando no lo merece. La cuestión capital del debate debería girar entorno a cómo conseguir hacer un buen filtro y llenar las plazas públicas de personas brillantes y capaces de dar ejemplo, así como alguna manera de controlar eficazmente a aquellos que “se pasan de listos”.

Las personas deben ser retribuidas justamente por un servicio a la comunidad con elevada responsabilidad, sin duda alguna, pero para dicho servicio no puede ser apto cualquier individuo a medio formar, con competencias indeterminadas y empujado por una estructura sectaria como es un partido. Cuando así ocurre, la supuesta élite gobernante pasa de su función de dar ejemplo, a una costumbre de dar vergüenza.

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Enlaces de interés:

http://www.fedeablogs.net/economia/?p=13968

http://politica.elpais.com/politica/2011/09/08/actualidad/1315515753_773033.html

http://politica.elpais.com/politica/2011/09/08/actualidad/1315458964_538275.html

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/09/08/espana/1315507694.html

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/09/08/espana/1315446261.html

http://www.escolar.net/MT/archives/2011/09/los-sobresueldos-del-pp.html


Corporativismo desplazado: sobre la violencia policial.

Ayer tuve el [irony]inmenso placer[/irony] de encontrarme con un enlace a un hilo de discusión de Foro Policía en el que se hablaba del reciente suceso del agente al que se ve golpear a una chica repetidas veces y, posteriormente, al periodista Daniel Nuevo hasta dejarlo en el suelo, caso del que ya se ha hablado aquí.

Francamente, creo que rara vez he sentido tamaña decepción ante la falta de cordura y raciocinio de que hacen prueba muchos de los participantes (podemos imaginar que policías en su mayor parte) tratando de justificar lo injustificable, rehuyendo la razón y la argumentación, ocultándolos bajo descalificativos y un sentido del compañerismo muy mal situado. La autonomía racional condenada a muerte por el instinto gregario. Una vez más, las generalizaciones no son procedentes, y quizá hablamos de un grupito más alborotador dentro del CNP, pero en cualquier caso, constancia queda de lo dicho en el mencionado debate, para quien tenga las tripas de aguantar las 10 páginas que abarca.

Algunas de las actitudes más frecuentes y significativas que aparecen en la discusión son las siguientes:

1- El uso despectivo de terminologías simplistas y etiquetadoras para hablar de aquellos que se encuentran “en el otro bando”: <<perroflautas>>. Todo un ejemplo de cordura, entereza, madurez, capacidad intelectual… ejemplar comportamiento de las orgullosas y altaneras fuerzas del orden, en un intento de rehuir cualquier confrontación de discursos. Como en el patio del recreo, uno consigue el apoyo de sus camaradas encontrando el insulto que más diversión produzca.

2- Un incondicional <<apoyo al compañero>> -en este caso, el del porrazo fácil- que no es sino otro ejemplo de negación del pensamiento crítico en favor de la pertenencia a un grupo supuestamente selecto. En ningún momento se acepta como posible que su actuar fuera excesivo. No, ¿en uno de los nuestros? ¡Jamás!

3- Corolario de lo anterior, la insana justificación de los golpes recibidos por las dos víctimas con el pretexto de haber aguantado bastantes insultos o, eventualmente, escupitajos. Esto no tiene ni nombre. Se parece a aquello de “mi mujer me faltó al respeto, así que no tuve más remedio que pegarle un guantazo”. En este sentido, hasta alguno comentaba que las dos víctimas se encuentran “bien” y que por tanto no ha sido nada. ¿Qué pasa, si no hay sangre significa que no ha habido abuso de autoridad? Además, señores agentes, si a estas alturas no son capaces de aguantar con entereza detrás de sus cascos, porras y demás equipo, dimitan y váyanse a cultivar patatas.

4- Se critica la publicación de imágenes del suceso. En primer lugar, si ustedes se comportaran como es debido, no habría polémica ni necesidad de captar esas imágenes. Esto implica, por ejemplo, llevar la identificación bien visible. Por otro lado, sin estas imágenes que ahora se critican, probablemente no se habría podido llevar el caso ante la justicia, como sin duda se hará ahora.

 

Muchas otras cosas me dejo sin mencionar pues tampoco me parece necesario, que cada cual juzgue por sí mismo tras ver con sus propios ojos la discusión comentada. En cualquier caso, tras haber visto el debate, y un poco más enfermo que antes de verlo, me dije que había que escribir algo al respecto para criticar ese “borreguismo” que parece haberse adueñado de muchos integrantes de la policía. Sin embargo, esta misma mañana, descubría un comunicado del Sindicado Unificado de Policía al respecto de estos sucesos, que destila a mi juicio tanta lucidez como ha sido habitual estos últimos tiempos por su parte. Así, limito mi crítica para delegar en la de ellos, que se encuentran en perfecta situación para hablar de estos temas:

Todos los policías, para adquirir dicha condición, juramos o prometemos cumplir la Constitución. La Constitución española contiene una serie de derechos consagrados copiados de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que también inspiran en parte los principios básicos de actuación de la ley orgánica 2/86. El cumplimiento de dichos preceptos deviene por lo tanto en obligatorio, algo consustancial a la condición de policía, y ni siquiera una orden superior puede contravenirlos porque cualquier orden en tal sentido sería una orden ilegal y por lo tanto que no debe ser cumplida.

Dejando sentado lo anterior, el buen compañerismo entre profesionales de la Policía debe asentarse en el cumplimiento de estos principios, pues quien los incumple no es digno de ese compañerismo y cualquier apoyo pasa a ser impropio, corporativista (abuso de solidaridad entre los miembros de una corporación) y contraviene las leyes que nos legitiman para tener el monopolio de la fuerza. 

Más adelante…

Esos golpes innecesarios que se han difundido profusamente por la Red son una mancha sobre la Policía, sobre las UIPs y sobre los policías. En los próximos meses y años habrá muchas denuncias que prosperarán, o al menos avanzarán mucho más de lo que hubiera sido deseable solo por permanecer en la memoria estas imágenes. Habrá denuncias falsas y sin pruebas que serán investigadas solo por la actuación de este (o estos) compañeros. Habrá diligencias, problemas y denuncias de tortura, malos tratos, abuso policial etc. en cada intervención y será más difícil la defensa de quienes han actuado correctamente solo por la insensatez de uno, dos o tres compañeros, que no han sabido estar a la altura que exige esta profesión. 

[…]

Las UIPs son unidades especiales y sus miembros deben tener (y tienen) una preparación especial, distinta (no mejor) que los de otras unidades; su preparación es específica para las tareas que desarrollan y se supone que tienen la serenidad, la capacidad de aguante y la templanza de nervios exigibles para desempeñar esos difíciles cometidos. 

[…]

Hay que investigar, aclarar los hechos y, si procede, depurar responsabilidades, aunque el daño ya está hecho. Más de cuatro meses de brillante actuación de más de mil compañeros de la UIP, con un gran esfuerzo, han quedado sepultados por tres minutos de actuación de dos o tres irresponsables que no merecen seguir en dichas Unidades, donde hay que ser un profesional muy íntegro, frio, con capacidad de autocontrol y discernimiento de la situación a la que se enfrentan en cada momento. 

Y finalmente…

En el SUP tenemos claro que el sindicato es una herramienta que defiende los derechos laborales y profesionales, la dignidad de los policías, y que si al tiempo que defendemos eso apoyamos abusos y que se vulneren los derechos de otros pasaríamos de ser un sindicato a convertirnos en una organización sectaria, mafiosa e ilegal.  

Sindicato Unificado de la Policía.

Pienso que así queda mucho más claro todo.

En último lugar, y para que no parezca que uno es antipolicía, he de recalcar una cosa. Cualquier acto consistente en insultar, agredir verbal o físicamente, o discriminar, etiquetar y rechazar por sistemática la acción de los funcionarios de policía que estén actuando con presumible buena fe y acatando órdenes no es procedente y no puede ser justificado. Es comprensible que en momentos de tensión haya un exceso verbal por parte de ciudadanos dado el delicado contexto en el que nos encontramos. Es comprensible que un agente pueda cometer un desliz (una palabra mal colocada, una brusquedad algo excesiva) ante la presión de un trabajo complicado. Pero lo que no es posible es excusar, ni al manifestante violento y destructivo, ni al policía agresivo y descontrolado.

El único cauce del 15M es el diálogo, así como la única vía de la actuación policial es el Derecho, lo demás es chapuza, basura que no debe entrar dentro de lo tolerable por ninguno de los dos colectivos.


La policía no es esto (bis). O #18A, perfeccionando el abuso.

Ay pobres ilusos quienes nos escandalizamos antes de hora, pensando que lo hemos visto, oído y leído todo. En el artículo anterior denunciaba un vergonzante exceso en la actuación policial a la hora de disolver las manifestaciones de estos últimos tiempos y, más concretamente, la llamada “Marcha Laica”. Bien, pues como si no fuera suficiente lo visto el 17, el 18 ha sido aún más fructífero para el cuerpo de Macarras del Estado. En primer lugar recogemos un testimonio, el de Daniel Nuevo.

No entendía nada. Solo estaba haciendo fotos y más cuando previamente me había identificado como fotógrafo y me habían indicado el lugar en el que podía estar, que en ningún momento abandoné. Solo acertaba a preguntar “¿Por qué?” y proteger la cámara. En ese momento recibí varias patadas y puñetazos, culminados por otra ronda de porrazos. “La cámara, que me des la puta cámara te he dicho”.

Un porrazo en la nuca que me paralizó por completo durante unos segundos. De pronto dejé de sentir que tenía un cuerpo y me desplomé. Caí al suelo de una pieza. Ahí supe qué es el miedo. No sentía mi cuerpo, daba órdenes a mis brazos para sujetar la cámara pero eran inútiles. Desde el suelo seguía viendo como me miraba un policía. Se me nubló la vista y perdí la conciencia durante un par de segundos. Cuando la recobré, el jefe había ordenado retirada.

Y tenemos el vídeo que da apoyo al relato citado:

Vídeo: Youtube.

Como bien se comenta en Escolar.net, si esto hubiese ocurrido en otra parte del planeta (preferentemente aquellas que todo el mundo teme como los países de Oriente Medio o China) ya se estaría hablando largo y tendido y denunciando unánimemente. Como sin embargo ha ocurrido en nuestras tierras, y coincidiendo además con las JMJ, pues todos más callados que [insertar palabra]. Moral “flexible”.

Sabemos todos, o deberíamos saber, que la posición de antidisturbios es delicada para los nervios de esta gente. Pero ciertas conductas no son conductas de pánico, y decirse lo contrario es mentirse a sí mismo. Tal violencia gratuita y desmesurada, pienso, no puede nacer sino de un temperamento inestable y violento, en según qué casos, quizá hasta sádico. Así pues, no me trago la excusa del “estrés” para todo. Y si el propio adiestramiento y funcionamiento del cuerpo de antidisturbios supone fabricar matones violentos, entonces estaremos mejor sin, francamente. Estos últimos tiempos la policía que hemos visto no ha solucionado ningún problema, se ha dedicado a crearlos y punto.

Progresivamente iré editando esta entrada si encuentro material nuevo a lo largo del día. A estas alturas, decir más es innecesario.

Edit1: Stéphane M. Grueso nos relata su visión de la jornada del 18.

Edit2: Mas imágenes.

Edit3: En los medios: 20 minutos, Público, El País, (El Mundo de momento…en otro mundo), Libération [fr]


La policía no es esto.

Y estos de la #JMJ de visita turística (???) FOTO

Por Stéphane M. Grueso (@fanetin)

A espera de escuchar lo que la policía tiene que decir desde sus distintos portavoces y sindicatos (algunos más consensuales que otros), algo parece haber quedado muy claro últimamente, y es que dentro de las FCSE están los que disuelven manifestaciones, y los otros. Mientras una inmensa mayoría opera anónimamente para hacernos el cotidiano más fácil y más seguro, un sector (quiero creer que minoritario) muy visible se dedica a repartir palos allá donde van.

Los testimonios son múltiples, y de hecho coherentes con lo que algunos pudimos ver mientras rtve retransmitía unas imágenes que finalmente parece que eran de Reuters. En las imágenes pudimos ver cargas que parecían sorpresivas (y que según quienes estuvieron allí, lo fueron) y que sembraban el pánico (y los moretones) allá donde se producían. Personalmente recuerdo con claridad la imagen de un joven batiéndose en retirada, empujado (o golpeado, ahora no sabría) por la espalda cayendo estrepitosamente al suelo, donde dos o tres agentes lo rodearon, amenazantes, sin poder hacer más gracias a la pronta reacción de quienes estaban alrededor. También recuerdo la imagen de varios agentes arrinconando a un manifestante contra la puerta de un comercio o algo similar. Pandilleros con casco y porras. Más terroríficos aún son los relatos de Stéphane M. Grueso (@fanetin), de Lidia Ucher (@lidiaucher), de Jonás Candalija (@jonascandalija) y algunos de sus compañeros periodistas o fotógrafos.

Por mi parte he de decir que la idea de convocar una manifestación laicista en tales circunstancias, coincidiendo no sólo temporal, sino geográficamente con la Jornada Mundial de la Juventud (#JMJ) me parecía una elección arriesgada, sobre todo porque temía un choque de radicales, de ambos bandos. Para mi gusto, la gente tenía que haber llegado hasta Sol y haber continuado por otro lado, y no quedarse allí forcejeando a ver quién tomaba la plaza. Si unos tienen derecho a manifestarse libremente, los otros también, hay que ejercer tolerante y respetuosamente los derechos que uno ostenta. Dicho esto, resultó que lo que yo temía no se produjo. El encuentro entre laicos y “jotaemejotas” no produjo ningún incidente relevante, fuera de algún enfrentamiento puntual, lo cual no es realmente nada, sabiendo que había miles de personas por ahí. Sí que circularon insultos por ambas partes, lo cual es inadmisible, pero también dentro de lo esperable. Así pues, el espíritu pacífico de reivindicar sin agredir podríamos decir que estuvo presente y reinando la mayor parte del tiempo. Bien hasta aquí, aunque pienso que hubo cierta desorganización que condujo al estancamiento en Sol, condición necesaria para lo que luego se produjo.

Sentadas las anteriores circunstancias, habría sido suficiente por parte de las FCSE con desempeñar una labor de vigilancia y disolución de eventuales altercados entre los bandos que allí se reunían. Por contra, la decisión que pareció tomarse fue la siguiente: conforme la JMJ se fue desplazando fuera de Sol, quedando allí sólo los integrantes de la marcha laica, se comenzaron a cortar calles y, acto seguido, a cargar brutalmente contra la masa de gente reunida allí hasta vaciar la plaza. Alguna explicación habrá, pero francamente no sé si será lo suficientemente convincente para quitarnos de la cabeza que España es un anexo político del Vaticano. Como ya ha ocurrido otras ocasiones, a partir del momento en que se sacan a relucir las porras la situación degenera, empoderando a los más deleznables seres que visten el uniforme y que, con su actuación, manchan la ya seriamente dañada reputación de los “guardianes del orden”. Me remito a partir de aquí a los testimonios anteriormente citados, que reflejan esa vergüenza e indignación que cualquiera podría sentir cuando es el Estado quien produce el terror por medio de sus agentes.

Muchas veces ha regresado la siguiente excusa: “estamos hartos de que nos insulten”, para justificar la brutalidad policial y los excesos tanto verbales como físicos. Pues es muy sencillo: el que no aguante el tirón, que dimita. No hay vuelta de hoja: cuando uno va armado, protegido, y preparado, debería tener la entereza suficiente para realizar su trabajo en condiciones de dignidad y limpieza. Y eso no es lo que hemos visto, hemos visto grupos de camorristas con el autocontrol de un adolescente problemático, hinchados de prepotencia y superioridad. Esto no es personal digno de un puesto tan delicado como es el de antidisturbios y, más genéricamente, de policía. Errar es humano, los excesos pueden ocurrir, pero esto no es ya la excepción, es la norma. Pésimo, se mire por donde se mire. Un policía no es un ciudadano más, es un agente responsable del orden y la seguridad, protector de las leyes y, por encima de todo, de los civiles; las exigencias, por lo tanto, no son las mismas y el personal debería estar a la altura de las circunstancias, o largarse a otro puesto más pacífico.

Lamentablemente, lo visto ayer repite el esquema de lo que viene siendo la actuación policial desde el 15 de Marzo, y seguramente se repita por bastante tiempo aún. Hasta que, esperemos, cambien las cosas y podamos volver a presumir de vivir en un Estado de Derecho, de paz y de libertad.


Imágenes de la vergüenza.

FOTO:  Los trofeos del día (2) #15M

Esto pasa con SUS armas.

A estas horas ya circulan por la red cientos de archivos de contenido audiovisual relacionados con los sucesos acontecidos el día de ayer en las inmediaciones de Sol y, posteriormente, frente al Ministerio del Interior, y que produjeron como resultado, según cifras oficiales, 20 heridos, de los cuales 7 serían policías, y 13 serían manifestantes (o “indignados”). Cómo algo así ha podido ocurrir parece, en principio, incomprensible pero, a poco que se busque, ciertas cuestiones resultan llamativas.

En primer lugar, es curioso cómo, habiendo estado en contacto estrecho durante todo el día los manifestantes y los agentes de policía, los acontecimientos que implicaron violencia por parte de las Fuerzas del Orden –que no de Seguridad- acontecieron una vez más cuando las circunstancias dificultaban la captación de imágenes, es decir (retomando el término aparecido en la prensa hace un tiempo), con nocturnidad.

¿Casualidad? A buen seguro no.

Sobre todo, si uno presta atención al detonante de la carga, un miserable cartelito, papel, con letras en él. ¡Terror! Bien es sabido que de todas las armas a emplear contra la opresión -particularmente la violenta- la peor de todas es la palabra. Es comprensible por lo tanto el pánico de que fueron presa aquellos ataviados de uniforme –botas, casco, escudo y porra- que súbitamente vieron rojo. ¡Tenían miedo! Miedo a esos antisistema, perroflautas, que tuvieron la osadía de pegar un cartel frente al Ministerio al que rinden pleitesía y, encima, tuvieron la desfachatez de responder orgullosa y arrogantemente al grito de “¡Estas son nuestras ARMAS!” mientras alzaban las manos. El colmo de la provocación.

Esto es lamentable para la imagen de los Cuerpos de Seguridad (¡ehem!) del Estado, actualmente hundidos en la más profunda (o casi) de las vergüenzas: defendidos sensatamente por algunos de sus sindicatos, pero humillados horas después por la actuación de algunos de sus integrantes, capaces de agredir a un anciano, de golpear a una persona mientras era atendida por los Servicios Sanitarios, o de patear para después arrestar sin justificación suficiente a un periodista. Me compadezco por aquellos que llevan el uniforme con dignidad, porque es el uniforme de la vergüenza. Yo me plantearía seriamente mi deseo de compartir colores con sádicos y cobardes armados: la manzana podrida hace tiempo que ha corrompido el tiesto.

Pero no nos equivoquemos, no es esta gente quien representa la indignidad de este país y de estos tiempos. Ellos, como buenos “cumplidores de órdenes” son sólo un síntoma, o un efecto, de problemas mucho más profundos. Si la única disfunción se encontrara en las Fuerzas del (des)Orden el trabajo estaría pronto hecho. No, lo que hay que cambiar está mucho más arriba, y mucho más protegido. Hordas de individuos que pretenden erigirse en representantes de la vox populi muerden impunemente la mano que les da de comer, y ejercitan con excelencia una violencia mucho más sutil y difícil de perseguir que sus subalternos. Una violencia por la opresión, la desinformación, la mentira y la corrupción, todo ello maquillado con bellas palabras y juegos dialécticos, para despistar.

Esto es, después de todo, comprensible, pues aquellos responsables y colaboradores necesarios del sufrimiento ciudadano dependen exclusivamente de los vicios –que no de las virtudes- de nuestro sistema (electoral, económico y social) y, por tanto, han de luchar con uñas y dientes por preservarlo, haciendo los cambios estéticos que sea necesario para acallar las voces de protesta.

En este sentido, hay ejemplos paradigmáticos en los dos grandes partidos mayoritarios. Por un lado, tenemos el PP, los primeros en mandarte a los tanques contra los manifestantes si esto llega a ocurrir (y probablemente ocurra) bajo su mandato o, simplemente, en la próxima visita del Papa Ratzinger. Estos mismos individuos denunciaban una respuesta desmesurada de las policía anoche frente al Ministerio. ¡Qué bueno tener una chaqueta reversible! Eso sí, en distintos tonos de azul…

Por otro lado, el caballero andante don Rubalcaba (jocosamente Alfredo P.), tan defensor de cara a las próximas elecciones del establecimiento de un “diálogo” con los “indignados” y tal y cual, no es animal que acariciar a contrapelo, y tras enterarse de los sucesos, prontamente regresó a su posición de ex ministro de Interior y cargó contra los manifestantes, defendiendo a sus bien amados “Cuerpos” cuya actuación había sido legítima e indudablemente necesaria ante esos “200” disidentes secuestradores de ciudades, chabolistas y otras memeces.

Ha quedado claro, por esto y por otras mil cosas de las que han ocurrido en los últimos cuatro años, que el sistema ha caducado. Y ha caducado en una posición de pleitesía simultánea a dos Dioses: el que la fuerza religiosa impone, y el que las fuerzas económicas imponen. Ha llegado pues la hora de matar a estos dioses y construir, de una vez por todas, el Reino de los Hombres.

Dicen que el loco ese día penetró en varias Iglesias [y bancos] y entonó un requiem aeternam deo. Y cuando era arrojado esgrimía reiteradamente su argumento: «¿Qué son estas iglesias, sino tumbas y monumentos fúnebres de Dios?».”


Los “ni-ni”. Construyendo un mito.

Ni-ni: la etiqueta.

Ni-nis. Nace un mito.

Hace tiempo que oímos todos hablar de una supuesta generación ni-ni [Wikipedia], entendida como una generación que ni estudia ni trabaja. Y aunque no me atrevería a asignar la autoría de tan “creativo” término a la televisión, es probable que su introducción en el imaginario colectivo nazca del homónimo programa traído por La Sexta (de breve vida pero suficiente impacto) así como el coetáneo bombardeo del término por parte de los medios de comunicación (decididamente, estos días ya no hacen nada bien). Hace, pues, algo así como un año o dos desde que se iniciara una insidiosa campaña de estigmatización de todo un colectivo ambiguamente delimitado como “los jóvenes”, sinónimo a partir de entonces de “los ni-nis”.

Así, como quien no quiere la cosa, y sin realmente pararse a sopesarlo, el “mundo de significados” de nuestra sociedad se iba reorganizando paulatinamente entorno a la idea conservadora de una generación perdida, pero perdida por sus propios medios, por su propia incapacidad de moverse. “Esos vagos” (o similares) es una expresión que más de uno habrá oído emplear por parte de alguien no catalogable como “joven”, aludiendo a quienes todavía se encuentran en esa franja. La juventud, históricamente signo de esperanza, de cambio, de idealismo inconformista, pasaba a ser resemantizada, desactivando su potencial rebelde, tornándolo inocuo.

¿Cómo se consigue esto? Independientemente de que pueda haberse conseguido en nuestro caso o no, la clave consiste en repetir [ElMundo]y dar suficiente credibilidad a un mito para que pase a integrarse en las conciencias, que pase a asumirse como verdadero y se empiecen a construir reflexiones e interpretaciones sobre la vida de uno y la sociedad en su conjunto en base a esos cimientos artificialmente introducidos. La última fase consiste en la aceptación del nuevo significado por parte de aquellos principalmente perjudicados, que pasarían a construir la imagen de sí mismos entorno al nuevo mensaje.

La trampa.

Marcar a todo un colectivo con prejuicios e imágenes propagandísticas y despectivas no es nada nuevo, sin embargo seguimos sin darnos cuenta cada vez que esto se repite. ¿Quién no ha oído “ellos son así”, “es su cultura” o sentencias similares, de fundamento desconocido, dirigidas a un colectivo concreto? Así, los gitanos hacen esto, los negros hacen lo otro, la cultura “tal” es violenta, o las mujeres son “así”. ¿Nos suena? Y seguramente que la mayoría de las veces que esto es pronunciado en público, si el aludido no se encuentra delante no se oye más que murmullos de asentimiento.

Pues bien, ahora quienes “son así” son los jóvenes. Y con “así”, por supuesto, nos referimos (refieren quienes no son ya tan jóvenes) a “son peor de lo que yo era a su edad”. Pero como así formulado no funciona, había que inventarse una forma de hacer pasar la píldora, y en ese sentido el crear el término ni-ni fue una jugada muy inteligente. El prejuicio, el estigma, dejaba de ser un adjetivo para pasar a ser un sustantivo: no se dice “los jóvenes que ni estudian ni trabajan”, se dice “los ni-nis”, y suena divertido ¿verdad? Sólo faltaba atribuir una imagen al “nini”, que fue aportada por la propia juventud (un sector de la misma) por medio de lo más significativo de esta generación en cuanto a actitudes que chocan: el botellón.

Habiendo imágenes de “macrobotellones” cada dos por tres en la televisión, el lazo estaba rápidamente hecho: “los jóvenes no estudian, no trabajan, y emplean su tiempo en borracheras y desmadres”. En este razonamiento se soslayan dos cuestiones de cierta importancia. En primer lugar, la extensión de la cultura del botellón, que prácticamente supera distinciones de clases para volverse, pareciera, un fenómeno relativamente global. En segundo lugar, y más curioso todavía, se disimula que la principal imagen de marca del nini, es decir, el botellón, no tiene nada que ver con lo que significa “ni-ni”. No se trata de estudiar o trabajar, sino de borracheras socialmente mal vistas. ¡Qué curioso! Evidentemente que, por otra parte, los argumentos no suelen esgrimir tan burdamente la relación nini-botellón, pero no por ello es menos patente su presencia como imagen, que ayuda a construir luego razonamientos más o menos coherentes -según el caso.

La función del eslógan.

Personalmente, todo este asunto me trae algo a la cabeza. Concretamente me recuerda a ese viejo mito estadounidense (que resurge en tiempos de crisis) de que el pobre, el miserable, el mendigo, el pordiosero… son lo que se merecen. Evidentemente esto no se plantea así tampoco, pero sí se hace hincapié en la supuesta igualdad de oportunidades del pueblo americano, de la que con cierta prontitud se deduce que quienes están abajo del todo lo están por no haber sabido jugar oportunamente sus cartas. En definitiva, que se han labrado ellos mismos el camino hacia la miseria y que, pudiendo salir, no han querido/sabido. Este es un ejemplo de mensaje “propagandístico” que se inserta en las conciencias y que, al cabo del tiempo, deja de ser necesario repetir pues pasa a formar parte del imaginario colectivo (que se acepte luego es otra cosa). ¿Qué función cumple dicho mensaje? Muy simple, legitima un cierto orden y desactiva la crítica, enmascarando las contradicciones y deficiencias de un sistema por medio de ideologías y mitos.

¿Y qué hay de los “ninis”? ¿No os parece que hay como un je ne sais quoi bastante familiar? Porque, ¿qué es un ni-ni? Pues un vago, un parásito (término muy familiar al capitalismo), un incapaz de tomar las riendas de su vida, que vive para el desmadre, que no piensa en el mañana, un irresponsable, alguien con una familia que se desvive por él y que, sin embargo, no hace sino aprovecharse. Es alguien que se ha labrado su condición de nini por no esforzarse, por no sacarse provecho, por no querer salir adelante. El ni-ni acaba transformándose en tautología, pues no estudia y no trabaja porque es un ni-ni, con todas las características anteriormente citadas. Ese es básicamente el mensaje, un mensaje que, curiosamente, surge durante una de las crisis económicas más crudas de las últimas décadas, que ha generado unas tasas de paro en jóvenes de hasta el 40% según qué estudios.

¡Qué oportuno que se “descubra” que los jóvenes no trabajan en gran medida porque no les sale de las narices justo cuando no se les puede dar trabajo! ¡Qué oportuno que se diga que tampoco estudian justo cuando el nivel académico pierde toda su relevancia frente a las expectativas laborales! ¿Crisis? ¿Qué crisis? La crisis es irrelevante, puesto que el ni-ni no entiende de economía, sólo entiende de parasitismo. ¡Que se callen esos jóvenes sin futuro [ElMundo -comentarios], que no hubiesen pasado su tiempo haciendo el inútil y emborrachándose en la calle!

¿Acaso el anterior no es un discurso ideal de legitimación de un cierto status quo? Peor aún…¿acaso no nos es familiar?

Pero, ¿y si…?

Regresando a nuestro presente, encontramos diversos estudios, como el realizado por la CJE [Público], que comienzan a aportar una visión diferente de las circunstancias de la presente juventud, mostrando que lo que se quería transformar en la imagen representativa de toda una generación afecta, como máximo, a un 5,6% de la población joven que realmente ni estudia, ni trabaja. El resto de “esos inútiles” está en formación, estudia, o trabaja de voluntario para ONGs (eso sin contar los que consiguen trabajar).

Nos empezamos a cuestionar si toda aquella parafernalia no estaba destinada a encontrar un enemigo contra el que volcar las angustias propias, algo o alguien tangible, representable, alguien a quien dejar atrás. Nos preguntamos también si no se quiso hacer de la excepción una norma, y si esta excepción fue realmente abordada con todo el rigor y la profundidad que requería. ¿Hay realmente tantos ni-nis? ¿Qué nos dice su propia existencia sobre nosotros o sobre el sistema en el que vivimos nosotros y ellos? ¿No habrá sido, una vez más, apresurado construir una categoría difícil de delimitar para simplificar una cuestión que merecía ser vista, no sólo desde fuera, sino también desde dentro? En cualquier caso, estas cuestiones no venden, y la publicidad siempre manda, en un mundo de “pegatina”. Cabe recordar sin embargo donde hay jóvenes que ni estudian ni trabajan, hay no-tan-jóvenes que ni entienden ni les importa. No tienen por qué ser mayoría, pero qué llamativos que son a veces.

Pero en cualquier caso, las etiquetas que más cuesta de quitar son las que más hondo han tenido ocasión de calar. Es hora, jóvenes sin futuro, de arrancar la propaganda ni-ni [CincoDías] y ocupar el puesto que os corresponde, esto es, a la cabeza del cambio. Reivindicad vuestra posición, reclamad lo que por derecho es vuestro, luchad por un nuevo estereotipo de vosotros: el de una juventud sin miedo.


Los Goya 2011: ¿Iba de cine, no?

Álex de la Iglesia, durante su discurso (Sergio Pérez/Reuters)

No nos engañemos, las ceremonias cinematográficas -excluyendo los Oscar quizá-, más allá del gremio no interesan a demasiada gente no-cinéfila, y esto dicho independientemente de las tasas de audiencia más que respetables que se recogen y que son ciertamente comprensibles en virtud de una serie de factores variados como el carácter extraordinario del evento o el saber hacer de su presentador. Pero más allá de intrascendentes valoraciones de esta índole lo que sin duda cabe decir es que la gala de anoche tenía un saborcito diferente capaz de atraer incluso a los más reacios o distanciados entre los que me sitúo.

Ayer no se trataba tanto de ver quién ganaba qué (o cuánto) sino de ver adónde conducía la hasta el momento valiente toma de posición del cineasta Álex de la Iglesia en contra de la Ley Sinde y, simbólicamente, de la Ministra de cuyo nombre no quiero acordarme pero que ya ha sido mencionado en este mismo párrafo. Y a este respecto, la noche no podía haber sido más interesante e igual de pacífica simultáneamente. Continuar leyendo